Estos días hemos visto un par de películas entre la comedia y el drama (lo que no significa que sean una cosa u otra, sino que están a punto de ser una cosa u otra todo el tiempo hasta que logran terminar sin caer en la trampa de ser una cosa u otra): Cyrus, de Jay y Mark Duplass, y Encuentros en Nueva York, de Nicole Holofcener. Son dos películas de esas que no le gustan a Carlos Boyero, pero si son ustedes de los que se ven todo y, en consecuencia, soportan mucha ramplonería, las aprobarán sin mayores problemas, como merecen una dirección digna y unas actuaciones equilibradas.

— Lo que pasa es que en las dos sale Catherine Keener.

Me gusta como pronuncia Pangur ese nombre, suena bien en su lengua de gato, y además tiene algo de razón; pero acaba de delatar su apoltronada presencia sobre el sofá de leer de un servidor y, más en concreto, sobre la mantita de leer de un servidor, lo cual se considera falta grave y le ha valido bufido y expulsión, así que no molestará durante un rato, que no será largo: prolongar la indiferencia hacia quienes, en el fondo, no desean sino despertar nuestra aprobación, sólo sirve para hacerse enemigos.

Tras la última helada, que ha sido la primera de este otoño y cuya precocidad hay que achacar a la falta de lluvia, la casa se ha quedado, de pronto, fría como una piedra de lavar. Hemos encendido las chimeneas y revisado todos los cierres de puertas y ventanas, purgado radiadores y comprobado válvulas y contadores. También hemos sacado el edredón finlandés y la ropa de invierno de sus arcones. Y servidor ha dedicado una vieja manta a su uso exclusivo para echársela por las rodillas en sus ratos de lectura. La lectura es peligrosa en invierno, y una buena mantita de leer puede salvarnos de un mal catarro e incluso de peores dolencias.

Yogur, salvo la hora y cuarto que ha decidido pasar escondido en uno de los arcones, ha estado todo el día viajando de polizón en las cestas de leña que íbamos subiendo de la bodega al salón, frente a cuya chimenea Pangur, como si el trajín no fuera con él, leía apaciblemente Pelayín y los Mundos Profundos, de Alfredo Álvarez Álvarez, autor que junto con Ruiz Zafón completa el alfabeto de sus preferencias literarias.

Este trabajo, menos esforzado que muchos, que ayuda a la calefacción a minimizar el suyo, comparable al del piloto automático que, sin fatiga humana posible, lleva a buen puerto a su transatlántico, tiene algo de festivo: ver el fuego encendido arropando la casa con sus colores de discreta gala nos produce una particularísima alegría más parecida a la seguridad que a la dicha. Pone fin, en cualquier caso y como las películas mencionadas, buenas sin más recuerdo, a las frivolidades del verano. Para las venideras veladas invernales he preparado una selección de cine mudo (Sunrise, de Murnau, The Wind, de Victor –Sjöstrom, en realidad– Seastrom, Broken Blossoms, de Griffith…), la última de Terrence Malick, la española También la lluvia (que parece muy prometedora), de Icíar Bollaín, y alguna otra delicadeza de verdadero fuste. Películas, casi todas, ya vistas y para las que vale la mantita de leer tanto y tan bien como para cualquier buen libro. En verano se aprende mientras eres joven, pero en invierno se crece siempre, y a partir de cierta edad (cuando ya sabes mantenerte a salvo, en permanente equilibrio entre la comedia y el drama pero sin perder interés por el día siguiente) se crece, a menudo, por repetición. No esa repetición infantil que sirve para memorizar, sino la de quien revisita para conocer.

(Obituario: Marco Simoncelli, de 24 años, no era un motorista prudente. Antoñete, de 69, fue un torero prudente, pero fumaba. No sabe servidor si doña Rosalía, de 96, fumaba o montaba en moto, pero no necesita confirmar su duda sobre ambas cosas: morir a los 96 es morir inevitablemente y es seguro que nadie ha preguntado a sus allegados de qué lo hizo. ETA, de 53 años, da sus últimas boqueadas intentando morir como doña Rosalía sin advertir que muere como doña Rosalía, de lo mismo. Debió morir como Simoncelli, lo sabemos, con esa edad y en ejercicio de ilusión defendible hace ya muchos años; y, por eso, que la banda pretenda ahora el trato que la Historia concede rara vez a sus protagonistas hasta que llegue el momento de un entierro honorable y romántico parece, y es, un disparate. Estamos de acuerdo casi todos, pero aún así ya se han puesto unos pocos a reivindicar para ella otra muerte, una como la de Muamar el Gadafi, de la quinta de Antoñete, tan desagradablemente comprensible como absolutamente indefendible, tan deshonrosa, y de la que nadie debería jamás jactarse. Ahora todos desean certificar causas a su gusto donde seguramente no hay más razón que la derrota en sí. Treinta años han tardado en admitirla los hoy vencidos, en comprender que no se encuentra la razón bajo tres metros de tierra.)

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