Se acaba de enterar servidor de la muerte de Carlo Ponti y ha recordado que cuando Lucas tenía cinco años empezó a construir una máquina del tiempo. Servidor montaba ordenadores y él hurgaba en los cajones en busca de piezas que pudiesen servirle. Todo lo que no valía para nada acababa en su máquina: viejas tarjetas gráficas, leds, cables, modems, placas base, disqueteras… Servidor no prestaba mucha atención a sus entrada y salidas, ni al constante runrún que su pequeña actividad producía.

— ¿Esto te sirve?, preguntaba él.
— No. Puedes llevártelo.

Calcula servidor que tardó unos seis meses en acabarla. Un día le llevó a su cuarto, se tiró al suelo y sacó de debajo de la cama un amasijo de cables y componentes casi del mismo tamaño que su colchón: la máquina. Le hizo poner a servidor los pies sobre una plataforma de papel Albal y tocó algunos conmutadores. Servidor, entonces, cometió el error de decir:

— Sobre todo no enchufes…

El doctor Freud escuchó todos sus sueños y él escribió todos sus libros, asesinó a un emperador romano y murió clavado a una cruz, escuchó a un ciego recitar versos de un lirismo desconocido y a Sherezade demorar su condena, se asoció con un comerciante de telas veneciano con el que viajó por medio mundo, fue papa y bibliotecario (en Alejandría), un enorme león le devoró en algún lugar sin nombre del continente africano cuando aún era un niño, resolvió teoremas que él mismo había formulado un siglo antes, murió envenenada por substancias que él misma había descubierto, fue sirviente de una poetisa turca y compuso música para un curandero oriental cuyo nombre olvidó hasta que sus siervos se lo recordaron tocando el suelo con la frente, tejió capuchas negras y afiló piedras de sílex, cultivó un bonsái de quinientos años, y luego otro, y otro más, ganó guerras y perdió países, sintió la decepción infantil creando un artefacto que no funcionaba y experimentó la felicidad del hombre adulto imprimiendo palabras junto a un herrero alemán, sobrevoló el Atlántico en soledad y descubrió el color rojo y mató al último bisonte blanco de las altas praderas del norte antes de que se convirtiese en celestial y en mujer, y tuvo hijos e hijas y fue también sus propios hijos y los nietos de sus hijas e hijos, y devoró a una gacela en la oscuridad de una noche africana, y le gustó… Y fue Carlo Ponti, y también le gustó…

— No funciona, dijo Lucas con el recién desenchufando cable en la mano.
— Bueno, yo no diría eso…
— No funciona, papá. No quieras consolarme, zanjó Lucas.

Él aprendió física y perdió interés por la máquina, y servidor decidió que usarla por segunda vez sería, sencillamente, decepcionante. El invento terminó en el desván y probablemente se fue a la basura durante alguna de esas limpiezas generales tan necesarias cada cierto tiempo. Descanse en paz.

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