Llega el domingo de ramos y se encapota el cielo y se pone a despedir rayos y centellas como si el mismísimo dios de la creación, desesperado por el fracaso de otros intentos, quisiese anunciar su hora a la valenciana. Una cosa espectacular. Los truenos duraban minutos ensordecedores y los relámpagos amenazaban con quebrar sobre nuestras más o menos atareadas cabezas el contenido exacto del universo en forma de agua de riego.
El pobre perro, Cato, empezó a ladrar en todas direcciones y luego se acurrucó a los pies de Raquel hasta que advirtió que Raquel tenía aún más miedo que él y los dos se vinieron a meter debajo de la mesa.

— ¿Se puede saber qué os pasa?
— Gruauf, dijo Cato.
— La Semanta Santa, dijo Raquel.
— Es sólo lluvia, dijo un servidor. — Y dejad ya de hacer el tonto, por favor.
— No es sólo lluvia, es la Semana Santa berciana.

Cato aguantó la respiración sin dejar de mirar a Raquel en espera de una legitimación de su pánico que le exonerarse de su humillante comportamiento.

— Pues ahora mismo nos vamos a Ponferrada a matar judios y a jugar a las chapas. Cobardes.
— No, exclamaron ellos al unísono. — Preferiríamos quedarnos aquí.

Realmente, y aunque el espectáculo de ver a Cato y a Raquel abrazados y temblorosos debajo de la mesa de un servidor tenía, lo reconoce, cierta gracia, no les faltaba razón para preocuparse porque, en efecto, por estos pagos, llega Semana Santa y los parroquianos se ponen a beber una sangría llamada también matajudíos como náufragos, y a jugar a las chapas (que consiste en tirar monedas contra una tapia y apostar a quién se las queda) como ludópatas monegascos. No sólo se pierden conciencias, también fortunas que es peor.

— ¿Cómo le dicen aquí a la sangría? Pregunta servidor a sus temblorosos inquilinos.
— Horchata, dice Cato (mira que es tonto).
— Limonada, dice Raquel, que parece recuperar la entereza con mayor facilidad que el can.
— Eso, limonada. Pues he leído en la Crónica de León que este año ha ganado el concurso un bar llamado El Gatopardo. Vamos para allá.
— Cuando escampe.
— Sí, cuando escampe.
— Vale, cuando escampe.

Ha escampado, por fin, y el Bierzo ha vuelto a ser el país mediterráneo que es mal que le pese, y hemos ido al Gatopardo (bueno Cato no, Cato se ha quedado “vigilando”), y hemos probado la limonada y nos hemos traído seis litros.

Parece que ha nevado, pero son pétalos de flor de cerezo. Raquel se cepilla el pelo. Cato ronca como una motosierra. A las chapas ha ganado servidor, que no conoce el fracaso.

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