La felicidad influye en nuestra salud, lo han dicho un 82% de murcianos, lo cual para un servidor es garantía más que suficiente. Claro que se puede sospechar de la utilidad real, y aún de las motivaciones profundas de quienes deciden hacer semejante encuesta, pero ello no quita para que la tomemos muy en serio y nos preguntemos si somos felices. Y lo terrible es que no lo somos (según una encuesta realizada por un servidor en la puerta de su casa, a la gente que iba pasando) “por culpa de la crisis”. Y, dicho sea de paso, ¿por qué seguimos diciendo de lo que pasa que es “culpa de la crisis”, en vez de decir la verdad: que es culpa “de los capullos esos”?

No importa. La encuesta no era necesaria, ni la de un servidor ni la de quien quiera que haya sido el autor de la de los murcianos, pero sin cifras no hay argumentos, y las que aporta la de un servidor a la primera dicen que el 98% del 82% de los murcianos que opinan que la felicidad influye en la salud, y pasan por delante de la puerta de la casa de un servidor, opinan también que “los capullos esos” influyen en la felicidad. No era necesaria porque basta con echar un vistazo alrededor para encontrarse con gente cuya frustración se percibe en la calidad de su piel y en su huraño mirar de hombros vencidos, con independencia de su comunidad autónoma de origen.

Ocurre que no hemos sido bien educados y, en consecuencia tendemos a dejarnos abatir por la carencia de cosas que, en realidad, no necesitamos. No necesitamos, por ejemplo, eso que habitualmente se entiende por “gastar” y que, en términos generales, consiste en comprar cosas caprichosamente. Hemos de contener esa costumbre que, en cierto modo, nos gratificaba y así contribuía a nuestro buen humor y a su través a nuestra buena salud, y en lugar de hacerlo adoptando el tamaño de las circunstancias, lo hacemos sintiéndonos constreñidos por ellas, frustrados. Es cierto que a la sombra de esa costumbre nuestra de “gastar” surgieron innumerables empresas que ahora han cerrado o las pasan, como vulgarmente se dice, canutas. Pero nosotros no hemos dejado de gastar por decisión propia, sino obligados por “los capullos esos”.

— No se apure, ya gastamos nosotros por usted.
— Gracias, amigos.

Aunque servidor no se ha visto aún en la desagradable situación de tener que vender su Constable, ya hace tiempo que hubo de prescindir primero de la aceituna del martini, y luego de las gotitas de vermú (al estilo Hemingway); más tarde sustituyó la ginebra Citadelle por ginebra Larios y últimamente ha sustituido la ginebra por aguardiente casero, que es golosina antiinflamatoria, antiséptica, analgésica y vermífuga. Salvo una considerable pérdida de visión que servidor achaca a motivos naturales, no ha notado nada desagradable y ha contribuido a que un político no se baje el sueldo. La salud de un servidor mejora e incluso el hecho de ver menos favorece la impresión de autenticidad de su Constable, así como la visión de una naturaleza limpia y pura que le hace feliz; aunque le complique un poco la nueva tarea de cortarse el pelo a sí mismo, cosa que también ha comenzado a hacer por culpa de “los capullos esos”.

Pero los que están aún más felices son los destiladores ilegales. Así son las crisis: el pueblo es sabio y, si vienen mal dadas, comienza a cuidar de sí mismo hasta que los buitres caigan sobre sus pequeños negocios, lo cual no ocurrirá enseguida. ¡Pero así no se contribuye a levantar el país, ni a mejorar la sanidad o la educación!, exclamarán ustedes como si el proceder de un servidor fuese la causa y no el producto de evasiones fiscales de mayor fuste. Además, un servidor fuma una barbaridad, así que menos humos. Si quieren una explicación diríjanse a Guindos, que sabe inglés y otras cosas, y no se dejen engañar por su cara de bebé necesitado de muda.

Pero a donde quería servidor ir a parar es a esa dificultad nuestra, tan de nuevo rico, para hacernos del tamaño de las circunstancias (que a su vez son del tamaño de nuestros gobernantes, pero esa es otra historia) y disfrutar de lo que hay, sin dejar de reclamar lo que falta, sin sentirnos vencidos y sin amargarnos. Un servidor lo hace, convencido de que quien se amarga es presa fácil; pero los españoles de la edad de un servidor son los últimos españoles que disfrutarán una paradita mañanera para tomar el aperitivo y que dormirán la obligada siesta en la hora de más calor, los últimos que alargarán sus noches para disfrutar del buen clima y mejor ambiente de las terracitas veraniegas de los bares de pueblo, los últimos en disfrutar de la lectura (en papel) de grandes obras maestras, que son esas que enseñan por encima de todo que la vida hay que tomársela con cortesía, que no está hecha para enriquecer a nadie y menos aún “a los capullos esos”, y que la salud es lo primero.

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