Dice la prensa que los científicos creen que habría que parar todas las especulaciones políticas y ocuparse del planeta, dice también que no conviene esperar a que se vacíe la batería del móvil para recargarla, que Pablo Iglesias ha citado a Laclau y que uno de cada cinco españoles no ha abierto un libro en su vida por la sencilla razón de que no le gusta leer. También habla mucho del PSOE, habla tanto del PSOE que servidor casi no se entera de que llevaba años cargando mal su teléfono.

No dice la prensa, pero servidor lo sabe, que cinco de cada cinco españoles creen (erróneamente) que sobre gustos no hay nada escrito y, por lo mismo, no se sienten moralmente autorizados para corregir a quienes, no siendo niños, esgrimen el suyo para justificar lo que sea que desee justificar. Podrían explicarse unos a otros que leer o no leer, como comer o no comer, no es una cuestión de gustos (queda escrito), pero no iba a servirles de gran cosa el esfuerzo ya que, como es de dominio público, nadie ha convencido jamás a nadie de cosa alguna importante o no en la España de los últimos cincuenta años. A servidor le encantaría defender que ello es debido al férreo escepticismo de sus compatriotas, pero mentiría. Es debido a que tres de cada cuatro de los cinco que sí han abierto un libro alguna vez, no lo han hecho bien. Uno lo habrá abierto al revés (e incluso lo habrá leído así), otro lo habrá dejado al poco rato y un tercero habrá leído al derecho y en un plazo razonable alguna bazofia inmunda.

— Mejor leer algo que nada –sentencia Pangur.
— Ya; y mejor que gobierne el PP en minoría que no repetir elecciones y que saque mayoría absoluta.
— Y mejor no salir de casa que salir y que te muerda un perro.
— …
— …
— ¿Por dónde iba?
— Por “bazofia inmunda”.

¿Podemos concluir entonces que uno de cada cinco españoles lee con provecho? Servidor lo duda. Seguramente una consulta sobre el provecho que el lector (entendido como ese que, en efecto, lee un libro decente) saque de su lectura no puede resolverse con los dedos de una mano. Para empezar tomemos un conjunto de, digamos, cien lectores respetables y descontemos a los que no han leído El Quijote. ¿Nos quedarían veinticinco? Servidor podría poner el listón aún más alto y descontar ahora a los que no sepan qué es el objeto a.

— La teta.
— ¿Perdón? ¿El objeto alfa minúscula del álgebra lacaniana es la teta, dices?
— Eso.
— La teta… materna, claro.
— Naturalmente.

Pues he aquí la demanda primigenia. El gato Pangur acaba de desmontar uno de los significante vacíos más famosos de la especulación psicoanalítica y, últimamente, un pilar de cualquier revolución, pero servidor tiene que reconocer que la suya es una solución de lo más plausible, y elegante.

— ¡Pues lo he dicho a voleo!

Otra de las características de los españoles, además de leer poco, es que nos sentimos verdaderamente superiores cuando acertamos por casualidad. Vean un ratito el programa Saber y ganar. Igualmente sentimos que nos merecemos lo que robamos, o lo que nos dieron por mirar a otra parte. La ética es para nosotros, que llamamos cultura a sabernos el nombre del protagonista de una mala película palomitera pero no el de una obra cualquiera de Ernesto Sabato, una subjetivación de la conjetura, y el poder una bendición. Servidor recuerda todavía a aquel tipo agrisado, de bigote reglamentario, devota esposa y repeinado vástago que se daba golpecitos en el costado de la cartera mientras le aseguraba a su padre (de un servidor) que a él “ni dios” le había “regalado nada”, sino que todo cuanto tenía era fruto de su trabajo y de sus oraciones. Resultó luego implicado en cierta trama piramidal de venta de detergentes industriales. Pero esa es otra historia.

Lo que diferencia al lector respetable del peligroso radical, perdón, del lector necesario (o lector alfa) es que éste lee por imperativo terrestre. No carecer de curiosidad, estar abierto a otras visiones del mundo, dudar, sentir que si no hay necesidad de cuestionarle el gusto a nadie, sí la hay de escapar de quienes quieren imponernos el suyo, y, sobre todo, poseer un desinteresado afán de conocimiento, es lo que le convierte en necesario. Los libros que habitualmente se cierran a la lectura de un setenta y cinco por ciento de sus visitantes se dejan aprehender, y hasta convencer por él; pero sólo por él. No son éxitos editoriales, sino libros afortunados. En cuanto a la moribunda naturaleza que aún conociendo de antemano todas nuestras preguntas, todos nuestros defectos, y que a todos atiende como teta materna, no dirá servidor que no encuentra quién la escriba o que tales escritos no encuentren a sus lectores, pero sí que no encuentra quién la lea con la atención (y la urgencia) que se merece.

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