Una científica se ha gastado cinco millones de dólares del contribuyente en desarrollar un sistema de detección de mentiras prácticamente infalible. ¿Pero qué es exactamente una mentira? Una mentira es una respuesta que el cerebro tarda en procesar un poco más de lo que tarda en procesar una verdad. Eso dice la genial derrochadora (si es que hemos de darle crédito). Imagino que el acto de inventar requiere ese tiempo sobrante y delator.

Quizás podrían ponerle al Papa todos esos electrodos y preguntarle si existe Dios. La respuesta no arrojaría la más mínima luz sobre tan peliagudo problema, pero sin duda esclarecería definitivamente la naturaleza humana del potífice. O podrían preguntarle a Otegui si es español. Tampoco sería mala idea obligar a los políticos a someterse a la máquina de la doctora Jennifer Vendemia cada cien días (por ejemplo). Doña Mari ya ha notificado a un servidor que ella quiere una para saber si le engañamos cuando aseguramos que su tortilla de patatas es la mejor del mundo. Y Raquel también quiere una porque no se cree que todas las chicas que me saludan sean ex-novias de un amigo que no conoce.

— ¡Suñén! No seas mentiroso. Yo no he dicho eso.
— Ya, mujer. Era por ilustrar el asunto con cierto verismo.
— Pues que no conste en acta.
— Vale.

Ya lo dijo Campoamor con un adjetivo de más, que “en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. Y a través del cristal de una buena melopea, según dicen, la verdad también resplandece (y mientras el gobierno no lo impida sigue siendo el método más barato), así que atiborrar al personal sospechoso de cerveza es una opción que los servicios secretos no dejarán aún caer en saco roto.

Cierto día, hace años, estando servidor en una cafetería de Ponferrada con su hijo, a la camarera le hizo gracia que el niño pidiera un “Ruso sin vodka” (servidor acababa de pedir un Ruso) y le preguntó cuántos años tenía.

– Once, creo
– ¿Crees?
– Es lo que me han dicho mis padres. Yo realmente no lo sé, me fío… pero saberlo no lo sé.

Sí, quizás la máquina sirva para establecer lo frágil de cuanto creemos saber. E incluso puede que acabemos por descubrir que nuestras seguridades no son más que un puñado de pretextos fermentados en el viejo barril de las preguntas ociosas. Pero para sacar una verdad en limpio no basta con fiscalizar las ondas cerebrales, ni siquiera bañarlas en alcohol, sino que, como dejó dicho Don Quijote cuando el retablo de Maese Pedro, “menester son muchas pruebas y repruebas”. Y eso, naturalmente, lleva tiempo.

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