Son imágenes de archivo: las jugadoras de la selección femenina de fútbol de Irán llorando tras la cancelación del partido ante Jordania. Servidor recuerda haber visto llorar a la selección femenina de algún otro país, de algún otro deporte, y a Carme Chacón renunciando a disputarle a Rubalcaba la sucesión, hace unos meses, y a la ministra italiana Elsa Fornero, y a una vieja berciana, muy cerca de aquí, muy silenciosamente ante los huesos recién desenterrados de su hermano. No se imagina un servidor este mundo sin mujeres capaces de hacer algo tan sencillo como llorar cuando la situación empuja. Saben lo que significa y lo que pierden a través de ese gesto (lo violento de reprimirlo), y lo que recuperan, ellas; y no se dejan juzgar por los demás antes de haberse examinado concienzudamente a sí mismas: son su juez más oscuro, son su punto, o mejor, su contrapunto de vista más cruel, su habitante secreta. Sin competir, prometen, y compitiendo comprometen. Como todos, se engañan, claro, claro, pero no cuando lloran, no cuando lloran para ellas mismas, siempre con cierta vergüenza desafiante, como quien ejercita un derecho muscular tan inalienable como privado, tan ancestral como hermoso y cuyo propósito es detener para recomenzar, quebrar para vivir. Entonces son singularmente plurales, signo de signos.

Servidor tiene guardada en un cajón una lista de nombres (de seres humanos de ambos sexos) que podrían haber aprendido a llorar con ocasión de lesa conciencia, pero prefirieron ceñirse a ese guión de triunfador bajito, calvo y desaseado que todo varón trae bajo el brazo por el hecho de serlo (salvo que sea alto, guapo y fornido, en cuyo caso es mujer desaseada, desproporcionada y fea, y singular) y que, para mal, lo condena a vivir acuciado por un sentido del realismo del que la realidad carece: feliz en su uniforme de descuidero de lujo; quizás por eso se lleva mejor con las mujeres que con cualquier notario o notaria, policía o policía, poeta o poeta, o político…, un servidor.

Pide lágrimas la realidad, no criterio, no amenazas a los curas, brindis al sol ni análisis posicionales (no hay nada menos revolucionario que el criterio, ni menos reconfortante que un análisis, y hay, sin embargo cosas muy urgentes, muy urgentes que hacer antes de sacar a pasear esa satisfacción pequeñita del que salva sus muebles). Está totalmente desnuda la realidad, nunca lo estuvo tanto, tan expuesta, pero algunos se empeñan en que desde ciertos ángulos su contemplación resulta menos obscena.

— Está desnuda.
— No, es que la mira usted desde un ángulo que…
— Y llora…
— Más me duele a mí, créame.

El que llora no se ha rendido, el que llora sigue en la pelea y no olvida que había una verdad (al fondo, a la izquierda): por eso llora. Por eso y porque es desesperante hacer ver a los interesados que la realidad (desnuda, avergonzada e ignorada) no necesita gestos, paraguas o interpretaciones, sino una solución real. No llora por su techo o por su abrigo, sino porque, cuando siente dolor, castigan su dolor.

El autoengaño es una capacidad asombrosa que sólo los seres humanos poseen. Les permite, por ejemplo, disfrazar sus intereses de intereses comunes y confundir su situación con la situación general. Les permite incluso engañarse unos a otros como si la inteligencia pudiese ser feliz al servicio del envilecimiento. Servidor cree que las mujeres tienen motivos para llorar, la obligación de llorar y el derecho a ocultarlo tras el telón de lo público, que es el de la privacidad también. Pero está convencido de que la actividad política, esa abstracción asumida por quienes aseguran estar a nuestro lado, no tiene ni idea de lo que esas lágrimas están escribiendo (ni su armonía, ni su proporción), que quizás no sea la historia, pero es la verdad.

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