Impresiona esa fotografía de Las Médulas con la cantera de Catisa al fondo. Impresiona porque contiene una trampa temporal, una especie de artero entrelazamiento que nos obliga a admitir tras la agresividad de la imagen, tras su denuncia antiestética, tras el evidente deterioro ambiental que significa, cierto peso poético, como de profecía autocumplida o resignado destino. Lo señalaba, sin énfasis, Santiago Macías, ya entonces concejal de cultura de Ponferrada, en Magaz de Abajo, hace unos pocos meses, y aunque servidor pensó allí que este presente no es aquel presente, se pregunta ahora, aquí, mirando la fotografía, si no hay en ella efectivamente algo imperecedero, algo ajeno al pasar de los tiempos y de las generaciones, algo profundamente unido a la misma tierra, a su violento amurallamiento y a su paciente formación aluvial que, al dotarla de una climatología única y de una feracidad casi inextinguible, la castiga también con la maldición de una riqueza a penas escondida que la convierte, una vez y otra vez, en el objetivo de esa ambición poco o nada interesada en devolver una parte siquiera de lo que toma.

No compiten ambas minas, no se puede sobre ellas escribir un poema a la manera de aquel de Luis García Montero sobre dos ridículos rascacielos empeñados en hablar en verso; no sabrían Las Médulas saludar a Catisa cantando:

Yo, que araño este cielo,
que en nubes vivo sin vivir vasallo
del trueno enorme y del tremendo rayo,
porque con mi pañuelo
al sol entre las lluvias doy consuelo…

Ni querría Catisa responder arrogante y moderna:

Teléfonos alertas,
sirenas que la luz cruzáis veloces,
letreros luminosos, altavoces,
carteleras expertas
que hacéis negocios y mentís ofertas…

La mina (y vaya aquí un recuerdo al recientemente fallecido Armando López Salinas) pide otra literatura, una por la que ya no pregunta nadie.

Si bien la ambición que forjó el paraje único al que hoy llamamos Las Médulas fue una ambición de Estado, una necesidad administrativa cuya lógica colonial no vale ya la pena discutir, no está tan alejada de la que ahora, alevosa y nocturna, muerde la carne viva de la apacible naturaleza berciana y eructa al cielo su satisfacción envenenada en nombre de una urgencia social de la que, en realidad, se aprovecha. A veces un solo hombre es un ejército asaltante. A veces nosotros mismos caemos en la trampa de la urgencia sin querer ver que mañana, el mañana, no saldrá de su fosa para alimentar a nuestros hijos.

La fotografía cobra vida un instante, y a servidor le extraña que el sonido de la tragedia que escenifica no salga de su cabeza para perturbar a Raquel, que lee esa única novela de Woody Guthrie, Una casa de tierra, publicada este año por Anagrama, a los gatos que duermen a sus pies o al perro que hará a esta hora su habitual ronda de tarde antes de acurrucarse en su caseta como tal vez vengan haciendo los mastines desde la época de Plinio el Viejo.

A menudo se abren grietas, arrastrando a los mineros en el derrumbamiento […] se encuentran rocas duras; se las hace estallar a base de fuego y agua […] se destruyen estas rocas golpeándolas a fuerza de martillos que pesan 50 kilos y los fragmentos son retirados a las espaldas de hombres, […] Acabado el trabajo de preparación, se derriban los apeos de las bóvedas desde los más alejados; se anuncia el derrumbe y el vigía colocado en la cima de la montaña es el único que se da cuenta de él. En consecuencia, da órdenes con gritos y con gestos para poner en aviso a la mano de obra y, a la vez, él mismo baja volando. La montaña, resquebrajada, se derrumba por sí misma a lo lejos, con un estruendo que no puede ser imaginado por la mente humana, así como un increíble desplazamiento de aire.

Las Médulas produjo oro durante más de 250 años, pero ni un solo gramo ha llegado hasta aquí, hasta hoy, sino bajo esta forma de vieja, noble y aún para muchos enigmática ruina rodeada de chiringuitos. De hecho, cuando el entorno fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, en 1997, no todos los países estuvieron de acuerdo en otorgar tal consideración al resultado de la actividad destructora de un poder invasivo. Aún hoy puede sentirse, contemplando su hermético, casi solemne e inmóvil espectáculo, que es el de la extenuación de la riqueza saqueada, como el dolor constituye una parte inseparable de su belleza; algo que confiere al reconocimiento de marras un carácter ejemplarizante, un sabor de advertencia que el visitante, consciente o inconscientemente, no dejará de percibir. En realidad, si Las Médulas tuviese sólo cincuenta o sesenta años, quizás su grandeza no nos impediría solicitar su derribo como solicitamos (sin éxito) el de otros monumentos fascistas; eso, claro, si no la hubiésemos urbanizado.

Así que estas dos minas a rajo abierto no son la cara y la cruz de la misma moneda, la de la injusta derrota, sino la forma distinta (herida o cicatriz) con que el tiempo, siempre irónico, nos recuerda que esa moneda cae siempre al mismo bolsillo.

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