Es bien conocida la primera escena de “Lo que piensan las mujeres“, de Ernst Lubitsch. Tras un cartelón inicial en el que leemos que aunque el hombre ha domesticado a los nimales salvajes, penetrado en la profundidad de las junglas e investigando la luna y los planetas, sigue existiendo un lugar donde nunca ha puesto el pié, un lugar que ni siquiera ha visto… aparece un concurrido local y, en primer término, una puerta en la que se lee: LAVABO DE SEÑORAS. Un clásico.

En el episodio 11 de la quinta temporada de Homeland (mejor que las cuatro anteriores, aunque con sus mismos defectos), Allison Carr, una espía doble que intercambia información con los rusos desde hace años en las mismísimas narices de los norteamericanos, entra en el lavabo de señoras del Rotes Rathaus, la sede del alcalde y del gobierno del estado federado de Berlín, y allí es abordada por una agente que le expone con toda crudeza por qué debe de permitir que cierto atentado yihadista siga su curso.

Vivimos en la época del big data: nuestras vidas son espiadas, deconstruidas y reducidas a sus pulsiones por sofisticados sistemas de análisis que en todas partes escuchan conversaciones telefónicas, vigilan rutinas, registran viajes, contabilizan gastos y clasifican gustos e intereses. No hay lugar donde sentirse a salvo de su escrutinio, pero el lavabo de señoras, según parece, sigue siendo como aquel Cono del Silencio que Maxwell Smart exigía utilizar a su jefe cuando debía de darle alguna información sensible; con la diferencia, eso sí, de que el lavabo de señoras funciona, y funciona a las mil maravillas al menos desde 1941.

Si en 1941 Jill Baker, esposa del director de una agencia de seguros, quería sincerarse con sus amigas sobre sus ataques de hipo lo hacía en el lavabo de señoras, y si en 2015 Erna Richter, del segundo directorio del centro de Moscú en el Ministerio de Exteriores alemán, quiere presionar a Allison Carr lo hace en el lavabo de señoras. El lavabo de señoras sigue siendo el único reservorio garantista de la discreción informativa del que hemos dejado constancia. ¿Una ventaja de la que también disfrutamos los hombres?, quizás, pero menos: en los lavabos de hombres siempre hay alguien a la escucha que finge hacer sus necesidades pero en absoluto está al margen de lo que ocurre al otro lado del endeble panel, o alguien que las hace realmente pero no sabe quedarse al margen, o (colmo de la perversión) ambas cosas. Además los hombres somos propensos a alimentar al big data dejando mensajes en los azulejos (“Cuando fui a los lavabos había un corazón con una flecha y palabras de amor. / Deja que duerma recostado en tu pecho, camino al aeropuerto”, escribió el poeta Seamus Heaney). Por eso a servidor nunca le convenció del todo lo de los lavabos unisex.

Hace tiempo que los japoneses fabrican inodoros inteligentes (¿analizarán las deposiciones en busca de pautas útiles?) y que los hombres sospechamos la presencia de cámaras tras los espejos de nuestros servicios que se accionan al presionar el expendedor de jabón (¿por qué si no sigue ahí a pesar de llevar años vacío?). Sin embargo, por algún motivo que sólo la CIA sabe y los japoneses respetan los lavabos de señoras son aún inmaculados templos de clandestinidad.

A servidor no se le escapa que si la CIA osase poner escuchas en los lavabos de señoras el escándalo podría dejar pequeño al provocado por las filtraciones de WikiLeaks, que algo así podría dar definitivamente al traste con las actividades de la central de inteligencia en todo el mundo además de arruinar unas cuantas películas, pero está seguro de que es sólo cuestión de tiempo, que si no lo han hecho antes es por pura sobraduría machista. Esperen ustedes un poco, dejen que la proporción de mujeres susceptibles de ser sospechosas se equipare a la de los hombres y verán caer, antes de que el siglo cruce su Rubicón, uno de los grandes pilares de la privacidad y la camaradería. El lavabo de señoras es uno de los últimos símbolos de la libertad que nos quedan, y podríamos perderlo si no espabilamos y dejamos que nos amontonen a la baja confundiendo lo clásico con lo viejo, la igualdad con la uniformidad, la ilusión con la capitulación.

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