Leopoldo Alas ha muerto a punto de cumplir los cuarentaiséis años. Lo esperaba, lo esperábamos hace ya varios días. No sé en qué momento dejamos de bromear sobre la regañina que íbamos a echarle por habernos asustado tanto y empezamos a aceptar una realidad injusta, precisamente nosotros. La noticia llegó mientras escribía.

– Leopoldo ha muerto.
– …
– ¿Estás bien?

No. No estoy bien. Nos tratábamos desde hace relativamente poco tiempo (nos presentó Ruth Toledano en una de las escasa fiestas a las que acudo, y enseguida nos caímos bien), pero es cierto que no lo conocía más allá de intuir que su coraje, su valor, se imponían ascendiendo trabajosamente desde el fondo de una personalidad inofensiva, asustada. Se parecía mucho a mí en algunos aspectos y muy poco en otros. Conmigo se mostró siempre llevadero en la polémica y firme en la cordialidad. Quienes lo conocieron mejor dicen que era propenso a la frustración, y que a veces pagaban justos por pecadores… Así que también nos parecíamos en eso.

La nuestra fue una amistad automática, más que profunda, y definitivamente de restaurante. Nunca salimos a tomar una copa, y nunca conseguimos que viniese a Magaz, ni siquiera cuando Raquel le amenazó con darle una paliza si no lo hacía. Pero solíamos quedar a comer para “trabajar” un poco en cierto proyecto editorial en el que andábamos empeñados. Podría decir también que era un luchador, pero prefiero dejar eso a los panegiristas. Así que mantuvimos ese contacto y una simpatía mutua que no tuvo tiempo de convertirse en verdadera complicidad. Y debería alegrarme, porque su relación con los “viejos amigos” parecía tener siempre un sesgo tortuoso, adolescente, que me sorprendía. No era raro que en uno o dos días pasase de “hemos regañado, le odio” a “hemos hecho las paces, es un cielo”. En cualquier caso y junto a algunos amigos conseguimos iniciar una colección de poesía que aún debería tener mucho que contar.

Diré algo sobre su muerte. La prensa ha dicho que fue el resultado de “una larga enfermedad”. Lo que yo sé es que ingresó con neumonía y que murió en el hospital un mes y pico más tarde. ¿Qué enfermedad? Ignoro los motivos que impiden a quien corresponda hablar de complicaciones inmunológicas o de bacterias de hospital. Odio ese secretismo médico-familiar que deja a los ajenos huérfanos de una explicación. Al fin y al cabo la muerte nunca es la causa de la muerte cuando sólo tienes cuarenta y séis años. Espero que se halla buscado un cielo donde pueda defender los derechos de los Serafines o los Querubines, o de los Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles o Ángeles, que debe ser un trabajo cómodo y sin sobresaltos. La otra vida, no hace falta que se lo explique a ustedes a estas alturas, es un invento de los que se quedan, como la física nuclear o el jamón con melón.

– Estás dolido, me vigila Raquel.
– Rabioso.
– No, dolido.

Lo supe el día anterior. Los médicos se limitaban ya a cumplir su protocolo de rendición, a verificar que, en efecto la apariencia de vida era tan sólo eso: una ficción producida por las máquinas. La noticia final sería, ya, una afirmación diferida, y sin embargo me dispuse a esperarla, como si en ese trayecto, en ese pequeño lapso entre dos señales, algo pudiese aún cambiar. Pero nada cambió. Hay puertas que sólo se cierran tras nosotros una vez. Me pregunto quién se habrá hecho cargo de su gato. No estoy bien, no.

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