Los pequeños y los medianos (que también son pequeños) editores han decidido unir fuerzas en torno al libro para soporte electrónico. La iniciativa se llama LibroSinLibro y ya era necesaria antes de una crisis que, en este caso, parece haber servido para facilitar acuerdos, para acercar posiciones que, en la abundancia, se dilataban o posponían en espera de algún éxito ajeno que permitiese llegar el segundo, correr sin riesgos. Es paradójico, pero no extraño, que algunas iniciativas anteriores hubiesen sido impulsadas por empresas en las que nadie sabía nada ni de literatura ni de edición (y que hubiesen optado por poner una farmacia, su hubiese sido legal): cualquiera con conocimientos informáticos y un poco, un poquitín de afición por la lectura, se creía mejor preparado para afrontar un negocio así que el editor de mérito al que la electrónica no le había interesado jamás lo más mínimo y que, hasta hoy, se limitaba a no sorprenderse cuando alguien le decía que se podía ver París desde la tostadora. Pequeñas aventuras arribistas, cuyo reflejo en el mundo real hay que ir a buscar entre quienes ofrecen la autoedición a bajo coste en las puertas de las academia de creación literaria. Estos no; estos, como se ha dicho, son editores.

Servidor (porque tiene tiempo para fantasear, no porque le guste ponerse la piel de director general del libro que todos los escritores guardamos en algún cajón del armario para asustar a los niños por estas fechas) disfruta imaginándose esas librerías-gasolinera del futuro: cargando sofisticados y estilosos aparatos lectores, imprimiendo a la carta u organizando presentaciones en la Red (con firma de ejemplares incluida)… Algo que sólo será posible siendo en cierto modo cuestión de estado. También imagina servidor ilustraciones animadas para libros infantiles y (aunque esto lo visualiza lleno de extraños ruidos e interferencias) libros de texto electrónicos.

El libro electrónico no es simplemente un producto más o menos mejorable, más o menos en evolución, es un camino completo, distinto y aún por desempedrar, una obra cuyos límites no podrán ser dictados desde fuera del tajo o sin contar con la voluntad de los peregrinos, una apuesta que abrazaría todo el universo de la lectura.

Si el libro abandonó un día la memoria de sus guardianes y la caligrafía de los amanuenses para fijarse gracias a la imprenta en impecables copias al alcance de muchos, bien puede ahora mudarse a la memoria electrónica para seguir cumpliendo su promesa de renovación, su bien probada cura de la ignorancia (que decía Bossuet). Pero el paso requiere, más que un esfuerzo conjunto, una ilusión conjunta. Y eso sólo se consigue a través de un mensaje claro y de una inversión bien, muy bien calibrada y mejor repartida. Y la “cuestión de estado” es cómo convertir una ilusión de futuro en una ilusión con futuro, es decir: capaz de garantizar los beneficios necesarios para recuperar e incluso superar el número de puestos de trabajo de un sector extremadamente sensible a las crisis.

Y hay aún más problemas por resolver.

El asunto de la fragilidad de los medios de almacenamiento es importante, por ejemplo… Servidor no sería capaz de dormir tranquilo teniendo su biblioteca en las tripas de un Acer al que Mamá Fenosa se puede llevar por delante en un milisegundo con uno de sus no por silenciados poco frecuentes picos de potencia rural, o de disfrutar de la playa dejando su lector electrónico en la cesta de las toallas. Últimamente sufro algunos mareos y procuro pasar menos tiempo frente a la pantalla. ¿Podré usar libros de papel, por supuesto bajo receta médica?

No, servidor no imagina su biblioteca privada a buen recaudo por cinco o seis euros al año en alguna de esas grandes hospederías virtuales, junto con sus notas de lectura, artículos propios y ajenos, cruzada de un sistema de referencias diseñado por él mismo en función de sus intenciones. Echaría de menos la presencia cálida, amigable y hasta decorativa de sus libros, de sus cuadernos y señaladores. Sí puede, sin embargo, acostumbrarse a algún juguete caro que le permita llevar de viaje cuanto precise para no dejar de trabajar a gusto por muy lejos de su paraíso que se encuentre. Pero al común hay que facilitarle un soporte muy por debajo de los cien euros para libros cuyo coste final también debe bajar, y mucho, a pesar de la ambición monopolista de las grandes empresas-tienda del ramo. Servidor es creyente, sí; aunque no practicante, y aunque no a cualquier precio… Bien podría pasar que a la vista de lo caro que este libro-fénix nos sale algún listo encuentre la forma de poner en el mercado el formato clásico a un euro diez, y bajo pedido.

— Esas cosas se arreglan solas, Suñén.
— Pues a ver si es verdad.

En cuanto a la desconfianza de los autores: surge, y es lógico, porque tienen muy poca fe en el control de sus ventas bajo esta nueva distribución planetaria tan difícil de seguir, y el fantasma de aquellos viejos editores mangantes a los que había que poner en busca y captura tras cada publicación (alguno queda) planea sobre todos. Aún hay autores que desconocen el número de ejemplares real que se editó de sus libros… Vale: es evidente que quedan cosas por solucionar, no quiere servidor repetirse, pero en ellas está lo productivo del negocio, lo que lo hace posible. ¿O de verdad creen que viajábamos a la luna para recoger piedras? Viajábamos a la luna porque los pasos necesarios para hacerlo desempolvaban capitales y disparaban espectacularmente la venta de altramuces en las cercanías de Cabo Kennedy.

También habrá cierta brida de orgullo que frena la decisión de escritores cuyo trote por este mundo electrónico sería ejemplar. Consideran, según parece, la nueva pista una forma de abaratamiento intelectual de su carrera: no es lo mismo acabar en la librería de viejo que en el top-manta. Y el común, además, sigue en la idea de que el libro electrónico es un libro “por internet” y de que Internet, y cuanto la rodea, es almacén para la “segunda vida” de productos cuya existencia real está por agotar sus beneficios; sin embargo lo primero no es cierto y lo segundo ya no es cierto. Y no le extrañaría a servidor que terminase siendo al revés y que el papel fuese la segunda vida que, a modo de premio, le otorguemos al libro que nos gustó, premitiéndolo en los anaqueles de la biblioteca de verdad, contribuyendo junto a los mejores al familiar abrigo que los viejos huesos de los lectores de siempre agradecen tanto.

— Me haga uno, gracias.

Lo importante es darle al continente libro una posibilidad de llegar aún más lejos con su contenido, de renacer con un nuevo manual de uso en una sociedad que se alejaba, se aleja, de sus antiguas maneras. Falta saber (y sería importante saberlo) si era en efecto el formato y no el contenido lo que se adecuaba mal al universo electrónico, hecho de oferta y no de cumplimiento. Falta saber si el libro electrónico no va, de algún modo, a devaluar los nuevos contenidos, a bajar el listón de lo seleccionado. Por eso servidor no ligaría estos nuevos proyectos a la crisis, sino a la promoción. Por eso cree que se deben explicar muy bien iniciativas como LibroSinLibro (no sé si es un nombre bien puesto), y más si han sido hechas por editores conscientes de que una parte irrenunciable de su labor (del sentido de su labor) es, como la de los farmacéuticos, didáctica.

Una última reflexión, seguramente sin importancia a estas alturas del proceso: el libro tradicional sigue siendo más cómodo, no requiere de nuevos aprendizajes ni, y eso lo hace más llevadero para quienes siempre queremos sentirnos libres, de artefactos dependientes de fuentes de energía no aportadas por el propio usuario.

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