El verdadero artista carece de imaginación. No afirma ver de otro modo lo que los demás ven como sea. El verdadero artista ve lo que ve donde los otros simplemente no ven nada. Y acepta esa singularidad como el camino hacia un aprendizaje, hacia una habilidad producto del trabajo. No como un don.

Hace muy poco Ramiro Pinillos, el novelista, decía de los escritores que “tienen que asumir que la literatura cuesta, que hay que dedicarle horas”, y que “no requiere un gran talento pero sí una gran disciplina”. En resumen: que tu libertad es tu paciencia, tu proyecto tu cruz.

Hay quienes creen amar la escritura pero lo que aman, en realidad, es ser escritores. Les gusta escribir (como leer o pintar) pero no les conviene que su afición resulte trabajosa. Así, creen que el escritor nace, no se hace, y también creen en la inspiración. He estado pensando en varias frases promocionales, para cursos de escritura literaria. No voy a conseguir ninguna buena. De hecho la mejor que tengo es esta: “No entre aquí quien no sepa filosofía”.

No importa. Lo que sucede es que llevo toda la vida, que se dice pronto, ocupándome de lo que sea eso que es ser un escritor. Como llevo toda la vida ejerciendo una crítica, profesional o no, que lleva camino de disolverse en las claras aguas del hedonismo reinante. Ellos escriben, o pintan, o hacen monumentos con palillos: da igual. Se sienten escultores o pintores o escritores y no necesitan saber nada más para cumplir su sueño: sólo desean estar juntos, compartir hotel con Zafón o con Perales sin que les hagan la más mínima crítica. Son “artistas”, “sensibles” y un poco “brujos” que no necesitan preguntarse qué es la realidad. La crítica, para ellos, no vale nada, carece de credenciales divinas. Sólo cabe el halago. Sólo cabe la dictadura del realismo ingenuo. Estética única. Hacia eso caminan las mil y pico academias de escritura que se anuncian por la red: “ven y diviértete con tus amiguitos que nosotros sabemos que eres único”.

A Cato le pasa lo mismo: le gusta jugar, pero no sabe hacerlo ni quiere aprender a hacerlo. Quiere que juegues con él y a su manera, que le hagas caso, que le regales tu tiempo dejándote ganar a cambio de su vigilia nocturna, que pasará ladrando como un poseso a cualquier cosa que parezca cosa real o inclinada a serlo. Servicio no solicitado y definitivamente incómodo que Cato entiende como una habilidad que debe compartir con el mundo. Pero Cato es único.

El trabajo y la duda son la verdadera sal de esta ensalada, y el aprendizaje su aceite. La soledad su vinagre. Sólo la verdura depende de cada cual. El mundo se llenará de locos si dejamos de educar el gusto. Es una advertencia de amito bueno.

– Ponme un ejemplo, dice Raquel.
– 2ªBrucknerTomatinSoltieDelatourDupinChicago.
– Te entiendo a bulto, pero los demás…
– Que espabilen. Estoy hasta la coronilla de cabrear a la gente que acaba sintiéndose insultada simplemente por que uno se tomó la molestia de saber lo que sabe y cargar con su cruz en lugar de putear inmigrantes, robar vencidos, recalificar terrenos o extorsionar viejecitas para luego querer permitirse el lujo de escribir unas memorias que servidor, precisamente servidor entre millones de posibles lectores, apruebe. De ahora en adelante seré críptico.

No he contado que el jueves, después de la comida, Mario y Marga y la niña Martina (que conoció el camino de las princesas, muerta de miedo, y a subirse a los árboles, y que el perro Cato estaba encerrado por que es muy tonto y no estudia, y que el día se acaba cuando se cansa el agua) pasaron un rato aquí, en Magaz de Abajo, disfrutando de la piscina. Lo que disfrutaron de cierto, y a sabiendas -que no son tontos- no fue la felicidad (tiernísima) de Martina, que por supuesto que sí, ni la compañía de sus amigos, que también, ni lo agradable del día, que se portó como un invitado más, sino la simplicidad y belleza de un pequeño lugar construido milímetro a milímetro con afecto, con gusto, con intención y con mucho, pero mucho esfuerzo…

– Y sobebia.
– Y soberbia, mi amor, pero estajanovista.
– Y críptica.

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