El autobús le ha dejado en Ponferrada a las doce menos cuarto de la mañana, hace sol y antes de recordar que su intención era parar un taxi que le llevase cuando antes a Magaz de Abajo (y a la cama, pues el catarro estaba ya provocándole fiebre) se encuentra servidor frente al monumento a la Pizarra  contento de caminar un rato sin pensar en tomar ninguna decisión. La construcción no es hermosa, pero el espacio parece perdonarlo todo y el cielo dibuja al frente una promesa de tormenta nada amenazadora, al contrario: se diría que arropa y preserva el lugar al que servidor se dirige.

Como las aceras se van haciendo cada vez más estrechas según avanza uno por la Avenida de Galicia, servidor termina caminando junto al tráfico rodado, que no es poco a estas horas, pero el aire consigue parecer limpio y hasta amistoso a su pesar e incluso bajo esa amenazadora y fea torre cómo se llame que, por el bien de futuras generaciones, habría que demoler antes de que se imprima en el inconsciente de los pequeñines como un símbolo de su insalvable condenación a una herencia sin caridad ni gusto. A la derecha van quedando las hileras de casas iguales, o casi iguales, uniformadas tras sus pequeños pero ostentosos jardines. Estos constan a penas de un olivo plantado sobre un lecho de piedras blancas a un lado de la puerta y un puñado de césped al otro, pero dicen “riqueza” entre estertores y hasta marcan pequeñas diferencias de clase en su cualidad ilusoria. Un propietario ha añadido alguna gran piedra con la intención de darle a su terreno un aire japonés, exótico; otro no ha podido resistirse a plantar allí la figura de un gnomo o la de un perrito de porcelana con mirada tan mal pintada como la que el paseante les devuelve. Algunos aparecen abandonados, descuidados, y otros excesivamente arreglados, falsos en su inmaculada limpieza. Podríase pensar que estos jardines expresan en cierto modo el carácter de quienes viven tras ellos, pero a servidor le parece que más bien hacen lo que pueden por reclamar una identidad que la locura constructora les negó de plano hace unos pocos años, cuando dibujados sobre un cartón prometían los merecidos fastos de la previsible Babilonia berciana que el proyecto ensoñaba. No importa: enseguida las casas se vuelven más humildes y firmes, como los jardines que si lo son, si los hay, se hacen más grandes y más vividos y su carácter, por cierto, se torna rápidamente más genuino. Son verdaderamente una mezcla de huerta, jardín y trastero. Funciones no siempre bien repartidas, no siempre definidas con claridad; lo que les da un aire de abandono en marcha, de lenta degradación que, paradójicamente, delata vida, desconfianza, vida en en el seno de una fortaleza que hubiese preferido no serlo y dentro de la cual, sin duda, no lo es, nunca lo fue.

El catarro le impide a un servidor respirar con comodidad, pero la fiebre le dicta un ritmo que se acompasa bien con el esfuerzo y decide que caminará un poco más. Incluso antes de girarse a ver si casualmente algún taxi pasa por ahí ya sabe que seguirá caminando. Hasta Cuatro Vientos es un pequeño paseo incomodado ocasionalmente por las carreteras que cruzan de un lado a otro, sin consideración alguna hacia el peregrino, y que acumulan en sus márgenes una cantidad de basura que alguien debería pensar en reducir. Pasa junto a un estanco, pasa junto a un bar: no se detiene, servidor, que tal vez tome una cerveza más adelante, en Fuentes Nuevas.

En un pequeño espacio, junto al camino, un hombre está construyendo una casa en miniatura. Es la muestra de lo que vende: piedra, piedra aplicada o suelta, piedra para cerrar o para abrir. Y el suyo parece un trabajo bien hecho y su forma de afanarse en él transmite conocimiento. Sin embargo está en un lugar casi imposible, en un cruce casi inaccesible, y eso le hace parecer más un excéntrico artista solitario que el honesto artesano que sin duda es. Si fuera un depredador su eficacia sería seguramente la necesaria.

Un poco más adelante unos gatitos agitándose, revolviéndose juguetones sobre un tejado de prohibida uralita (gatos de fin de verano, que salen malos y fieros) le arrancan a servidor una sonrisa tan incomprensible para él como para la señora que aparece de pronto bajo la higuera y de soslayo le empieza y le acaba sin advertir que no es un extraño sino un curioso. Siempre hay dos formas de amor y dos formas de odio, y una es el miedo.

Debajo de este paisaje vive la verdadera razón de una naturaleza dura, pero suficiente, que nunca fue de aquellos que más la amaron.

Como Cuatro Vientos, como Fuentes Nuevas o Camponaraya, estos pueblos unidos por el paseo, permanentemente asomados a la carretera, poseen una intensa vida interior: buenos restaurantes, comercios de urgencia o de capricho, colegios e institutos, panaderías, bosquecillos y campos que contribuyen no poco a una economía que en nada envidia a la que sea que adorna el pecho de la nacional vanagloria. A veces ocultan polígonos industriales, otras se ocultan tras los que, a veces en exceso, se asoman al camino. No son poblaciones que deban juzgarse por lo que se ve. Aunque sean juzgadas por lo que se ve. Lo que se ve es cómo se acumula el polvo en las cristaleras o cómo la lluvia desdibuja los reclamos publicitarios. Lo que no se ve es cómo amarillea el otoño. Lo que no se ve es que la fuerza es del campo que lo sostiene todo sin una queja. Los pájaros se agitan y se buscan porque algo les toca hacer juntos en esta época, la naturaleza muda forma y color, los aguaceros se vuelven amenazantes porque alguien debe ser advetido de que es administrador, no amo.

Se pregunta servidor por la sociedad civil, esa compuesta por empresarios, comerciantes, profesionales y vecinos que debería no ya exigir, sino afrontar la necesaria limpieza del paso, del mundo del paseante. Hace años que se pregunta por ella en una infinidad de rutas, eso sí, generalmente españolas, generalmente suyas. Piensa en la poca proyección de futuro, en la ignorancia que se confunde con la ambición a la hora de quemar una riqueza que, pacientemente cuidada, podría traer tanto nombre a esta tierra que se empeña en ser bella a pesar de unos pocos empeñados en prostituirla. Servidor piensa eso y se pregunta cómo se llaman esas flores que crecen en los arcenes, cuyas hojas parecen de clavel y que abren anchas y cortas sus campanas azules apuntando al cercano río.

Camponaraya, naraya,
y a su lado Narayola
y un poquito más arriba,
está la Válgoma sola…

Al llegar a Camponaraya se percibe enseguida que se trata de un núcleo urbano más independiente de la ciudad. Hay comercios en los que comprar grano de verdad o alquitaras de verdad o venenos de verdad y en los que detrás del mostrador no hay nadie. En Camponaraya, servidor se detiene en el Scorpio con ganas de pedir que le certifiquen la caminata. El hombre de la barra tiene cara de ser bueno y duro. Tres cervezas. ¿Cuatro? Servidor duda porque una la pagó Oli mientras hablaban de lo que hablan ellos: servidor, Oli y el parroquiano de turno.

– Hemos quedado a ver el fútbol, esta tarde. Vente.

Oli es un hombre que le cae bien aquí y con el que jamás habría servidor congeniado allí. La conversación es la propia en tales casos y es una buena conversación. Ninguno de los dos va dejar de aprender algo del otro. Él es un deportista sensible al hecho de que el mundo es muy ancho y para el que servidor es un hombre que perdió el tiempo en causas que él no discute. Podría llevarme a casa. La idea le seduce a servidor unos instantes. Mejor no.

También podría llamar a un taxi (servidor tiene un número de taxi para prácticamente cualquier parte del mundo conocido) pero haber llegado hasta aquí por sus propios medios le hace a servidor desear llegar a casa por sus propios medios y, además, ya sólo le falta jugarse la vida bajo un paso elevado, salvar  uno de los cruces más peligrosos del mundo y afrontar esa parte de tierra de nadie llamada “fomento” sin caer en las arenas movedizas antes de que las dubitativas aceras de Magaz encaucen sus pies cansados hasta el portón de casa. Conoce bien el camino, porque no es recto.

Si siguiese de largo empezaría a ver algo de naturaleza en estado puro: ascensión, curvas, peñas y el desafiante cielo de quienes acaban queriendo ir demasiado lejos. Naturaleza aunque poca y aún asustada entre exhibiciones de buena voluntad soportable. Si siguiese atravesaría Cacabelos, un pueblo que extravía entre sus caprichos de niña gitana y fuerte y sus celos de vieja villa, y al cruzar el Cúa la piedra y el aire harían desaparecer la vida frente a sus ojos de novato osado y mostraríanle a un servidor eso que siempre ha estado ahí, que aún no ha tocado nadie. Mirada pura. Pezuña y piedra. Eso pensaba cuando un automóvil comenzó a hacer sonar la bocina detrás de él y le obligó a detenerse al lado de su frenada.

– ¿A dónde ibas?
– No sé.
– Sube, condesciende Raquel que parece cansada, aunque está tan bonita como una peonia salvaje.

Camponaraya, naraya,
y a su lado Narayola,
tengo mis amores puestos
a una linda labradora.
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