Mariló Montero (en adelante Marilorry), presentadora de televisión española, se congratulaba hace unos días, anticipándose a estas fiestas de Halloween, tan nuestras, de que los órganos del asesino del Salobral no se fueran a usar para trasplantes. Su preocupación era que el alma del monstruo se le contagiara al paciente; una preocupación muy expresionista, por llamarla de alguna manera.

Pero lo de Marilorry no es tan raro. Servidor tiene observado que a los ricos no les importa parecer tontos, y que dicen lo primero que se les pasa por la cabeza cuando y donde les viene en gana, ya sea que hay que españolizar Cataluña o que hay que cristianizar Europa, que esto no es una crisis sino un cambio de civilización o que el alma se puede contagiar en una transfusión de sangre. Idea del todo plausible, ésta última (o quizás todas), si uno piensa como un vampiro; que es como, a la larga, acaba pensando la buena sociedad.

El dinero que los españoles le han contagiando a la banca ronda los 2.000 euros por persona este año (en realidad 1.846 euros con 67 céntimos, pero servidor se ha permitido corregir a ojo la absurda pretensión estadística de que los banqueros han puesto lo suyo). Las entidades financieras, a cambio, nos han contagiado su ruina. Si eso es un cambio de civilización que baje el dios de Marilorry y lo vea porque a servidor le parece lo mismo de siempre. Otra cosa es que se nos contagiara la civilización egipcia a través de la cuenta de resultados de Mercadona y al cielo sólo pudiesen ir, por delegación, el faraón Juan Carlos I y su séquito.

Por cierto que cuenta el rey (todavía) don Juan Carlos I, en no sabe servidor qué memorias que andan vendiendo por ahí, que, antes de morir, Franco le contagió la unidad de España; y así lo demuestra viajando de aquí para allá, contagiando optimismo en compañía de una generosa y variopinta corte de vampiros imputados por los habituales delitos de la gente guapa, ya saben: apropiación indebida, falsificación de cuentas, estafa, administración fraudulenta, maquinación… Esos delitos que, además de contribuir a la unidad, garantizan que, en caso de tener alguna vez que necesitar el trasplante de un órgano, éste será de la víctima, no del asesino. Claro que se harían operar en el extranjero, porque aquí dan ganas de llorar.

Servidor cree que el alma existe, y tiene cualidad de objeto supranacional aunque corriente. La de Mas, por ejemplo, es un silbato de plástico con garbanzo dentro (¿alguien podría decirle que para obtener la independencia por referendum debería conseguir una participación del orden del 70% y una victoria igualmente amplia?, gracias) ¿Y la de Werty? El alma de Werty debe de ser como unas castañuelas; la de Marilorry como una de esas cajas de cerillas que se dejan en el cuarto de baño para disimular el olor; la de Armando de Miguel como un florero… La de Rajoy no se la representa con claridad un servidor (claro que tampoco al propio Rajoy se lo representa con claridad un servidor) y la de Rubalcaba es definitivamente una gorra de conserje.

— ¿Has dicho que el alma existe?, ¿tú?
— Lo he dicho. El alma existe, pero no es inmortal.

Servidor no tiene intención de perderse en divagaciones con su gato y no va a explicarle que necesita el concepto para prenderle como una medalla al mérito la cruz del libre albedrío. También va a ahorrarles a ustedes, con la venia, dos o tres pasos intermedios un servidor para concluir que si el órgano del asesino puede contagiar la maldad al paciente hasta convertirlo en un monstruo, entonces, en pura lógica, el asesino es inocente, como el PP es inocente de la maldad del PSOE y éste de la suya propia… hasta Adán y Eva. Pero, claro, con eso no contaba Marilorry. Ella quiere creer que los hechos los diseña un ser omnisciente y omnipotente cuyo plan no puede ser alterado aunque (cuestión de suerte) le beneficie siempre a ella y a sus amigos, pero también que el malvado (tatuado y con dientes de sierra) es en cada caso lo suficientemente responsable de su acto como para haber iniciado por sí mismo una estirpe y poderle, con toda tranquilidad de conciencia, aplicar la pena de muerte incluso a sus despojos. ¡Qué lío!

En fin: últimamente servidor se aparta de los ricos por miedo a que se le contagie su dinero y acabe diciendo tonterías a la grande table insignifiante de alguna tertulia exclusiva.

— Y tú, ¿tienes alma?
— Yo siete, le responde Pangur a un servidor copiándole la cara a Peter Lorry.

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