Isidoro nos recomienda un medicamento homeopático que él toma “a toneladas”. Por lo visto le mantiene a uno activo y desperezado. A Raquel le interesa, porque anda algo pachucha.

– ¿Pero no se fundamenta la homeopatía en la administración de venenos en pequeñas dosis?
– Es buenísimo, dice Isidoro. – Bue-ní-si-mo. Lo tomo a toneladas.
– Vale. ¿Vas a ir a lo de Luis?
– Bue-ní-si-mo.
– Vale. ¿Te veo allí?
– Sí señor.

En casa trabajamos para los chicos, Lucas y Rubén que están aquí pasando una parte de sus vacaciones, y tenemos la sensación de que nuestras no empiezan todavía. Así que procuramos escaquearnos con cualquier pretexto.

Ayer despedimos a Rubén (uno menos) que nos dejó al perro Cato y anoche fuimos de fiesta (dejamos a Lucas y a Cato al cuidado de la finca, o sea: al uno del otro). Luis e Iván, un par de amigos de Ponfe, inauguraban un bar llamado “Horus”. Un sitio de locos: egipto-kich. Lo cierto es que aquello estaba de bote en bote (como siempre que las copas son gratis). Y servidor no conocía (a excepción de a los anfitriones y a Raquel) más que al Ronaldinho del bierzo, que sonreía como un caballo atado a la barra, aprovechando la liberalidad de la misma y, sin duda, intentando sacar partido a la breve celebridad que, en su día, le procuró Buenafuente a cuento de su parecido con el futbolista carioca. Luego llegaron las primas, Cristina y Rebeca.

– Te he conocido por el sombrero.
– No me lo he quitado para no perderlo, respondo a voz en cuello.
– ¿Qué?
– Que estáis muy elegantes.
– No. Acabamos de llegar.
– Digo que os veo muy guapas, me desgañito.
– ¿Tapas? Voy a ver.

La prima Cristina me ha reconocido porque mide lo suyo y algo más y tiene vista de mujer de campo, y no por mi sombrero, que quedaba por debajo de la media superficial, pero no se lo digo: los altos son gente susceptible. Y además: no me iba a entender. La música suena raro, como pasada por la batidora. Y las luces no iluminan nada: no son para ver, son para ser vistas. Le hago un gesto a Raquel para que nos vayamos. De Isidoro ni rastro.

– No hay nada de comer, sólo copas, vuelve Cristina de su viaje a la barra.
– No importa. Ya picamos algo en casa.
– Y vosotros también, asiente la prima.

Ya en casa, viendo con Lucas una vieja (1932) y singularísima película (La parada de los monstruos, de Rod Browning) Raquel se queja de dolores musculares, fatiga y dispersión estival.

– ¿Has tomado el veneno?
– Sí.
– Pues no lo tomes más.
– Si no me hace efecto, creo.
– A ver si vas a tener la tularemia.

La tularemia es una enfermedad malvada, de tipo bioterrrorista. Y ahora ya casi un centenar de personas la padecen en León, por culpa de los topillos, que no se bañan si no están muertos, y contaminan el agua. Miedo me da que Cato se trague alguno confundiéndolo con una piedra.

– Calla, monstruo, dicen a coro Raquel y Lucas.
– ¿Qué piedra?, pregunta Cato escondiendo algo bajo las patas y mirándonos con cara de no haber roto un plato.

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