Basta hojear un libro de poemas para advertir que la intención de su autor no es contarnos una historia, ni entretenernos. Son raras esas páginas con tan amplios márgenes, tan generosas y escasas, en las que la mancha de texto parece sorprendida mientras dormía plácidamente en su cama. Hay una enorme falta de autoridad y prevención, un exceso de confianza casi suicida en semejante exhibición de debilidad. Es la impresión contraria a la que nos invade al abrir una novela. Da igual cómo intente el editor paliar esta pequeñez, no importa que numere en grandes romanos cada capítulo o que utilice versalitas imperiales en los primeros versos, o en todos, o que gaste carísimos papeles: de inmediato se nota que su fragilidad no puede guiarnos, no contiene intenciones impositivas, ni marcas indelebles. El lector, antes de sentirse un intruso, comprende que se halla en el reino de la interpretación, de la duda, y que si el autor se ha visto confinado a esa fórmula ha tenido que ser por culpa de alguna incapacidad para aceptar el sentido común, la comunicación al uso y el juego social. Sabe que no es autobiografía lo que lee y desea que no sea ficción, y pronto se ve enredado en su propia inseguridad. Comprende que no hay autor y, si es buen lector, comprende que hay menos poema cuanto más autor ve. Poema es autor cero.

Así que ahí está la sábana encimera dibujando en palabras el cuerpo sorprendido en pleno sueño. ¡Pero no desnudo! Desnudo no. La poesía desnuda es la ausencia de discurso, la mixtificación que no pasa de la contemplación o del deseo de satisfacerla.

¡Dame tu carne! ¡Quiero
ir en ella, loco jinete,
al norte, al sur,
al este y al oeste!
¡Quiero cruzar el mundo
con tu cuerpo luciente,
derramarlo, un instante, más allá
de la vida y la muerte!

La poesía es la autoayuda de las mentes brillantes, no su premio. Reto y consuelo: que es todo el alimento que una mente educada en su humildad precisa, no éxito. La poesía es infinitamente más frágil que la desnudez siempre ávida de significado. Que nos perdone Juan Ramón.

La poesía es un mandato, es el honor del texto: discurso sin vanidad. Humanidad hecha verbo, envés (que no contrario) del evangelio. Comprende de inmediato su lector que el narrador interpuesto da testimonio de un discurso, no de unos hechos. Y si atiende a lo que ese discurso afirma sobre sí mismo, percibe con mucha más claridad que la cualidad de éste no es su capacidad de convocar a la realidad, sino la realidad, la materia. El yo que protagoniza un poema es el yo del discurso, no el del autor, no el del personaje y, así como seguramente Raví Zakarías erra al afirmar de Jesús que “él era idéntico a su mensaje”, pues él era el mismo discurso, erra quien considere al yo del poema autor del mismo o marca de personaje. Un poeta es un evangelista ausente. El novelista necesita dar cuenta del hecho de que ese discurso “idéntico” al hombre aparece en efecto proferido por un hombre, pero el poeta sabe que ese hombre carece totalmente de valor, en cuanto carece de control del discurso. El discurso no necesita una voz ni una escritura, ilusiones del crítico que huye del término “aseidad” como el fantasma del raciocinio. Yo es el nombre que le ha dado el discurso a la vanidad de su criatura. Tras una novela hay un autor (tiempo y mundo), tras un poema hay el discurso (tiempo).

E cercaron-mi-as ondas que grandes son:
non ei barqueiro nen remador.
Eu atendendo´o meu amigu´! E verrá?

Sólo el poema puede venir para iluminar el final, pues él mismo es el fin. Por eso tantos tontos lo intentan todo el tiempo.

El novelista sigue a la mirada. La mirada sigue al discurso.

El ser humano que dice “soy Dios” (yo soy) no está menos loco (sin remedio) que el que asegura que dios habla a su través. El discurso que dice ser “palabra de dios” es el discurso escindido, doblado y manipulador de un iluminado (un loco). El discurso que afirma “soy poema” (no parte de dios, ni de su encargo, ni de su traducción, que son asuntos del mundo) es el discurso verdadero: ni legisla ni fundamenta. No es la descripción de la materia, es la materia misma: no te dice qué hacer, ni que hiciste, ni qué harás: ficción autocumplida, te dice qué eres, que fuiste, qué serás. La poesía es el discurso que no puede mentir; pero no porque sea el discurso verdadero, sino porque es el verdadero discurso. La materia del tiempo. El alfa y el omega. Creer que un poema es responsabilidad del autor es como creer que la cereza es responsabilidad del gusano. Sólo los poemas imperfectos tienen autor.

Lo que hace sagrado a un texto es que su interpretación nos hace humanos. No su resolución. Es el cruce de lecturas lo que define la lectura, no el juicio final: el juicio final es un invento del diablo.

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