Lo que le pasa a Raquel con el móvil, o al Real Madrid con la autocrítica, le pasa a servidor con la voluntad: casi nunca coincide con ella en el mismo sitio. Por eso vuelve de Magaz de Abajo sin haber hecho nada de lo que se había propuesto. Ahora, ya en Madrid, la voluntad de un servidor se ha puesto a ello sin rechistar; aunque por su cuenta.

— Te veo como ausente, le recrimina la voluntad a un servidor.
— Tú calla y escribe.

Así ha escrito (ella) una crítica literaria y ha enviado (ella) unos poemas a Estados Unidos y ha actualizado (ella) un programa de indexación de páginas web y hasta se ha leído (ella) los periódicos mientras el verdadero ser de un servidor repasaba la lista de tareas a realizar en Magaz de Abajo antes de que el invierno arrecie.

— ¿Has pensado en el grillo?, quiere saber Raquel.

Lo pregunta porque servidor pisó sin querer al grillo que vivía en la bodeguita (que había sustituido a la lagartija, hagan memoria) y, aunque no lo mató, por suerte, ha quedado con las patas de atrás inservibles y se ve obligado a arrastrarse con las que le quedan, incapaz de escapar a la amenaza de las presencias enormes que lo rodean. Los grillos en general son muy territoriales y no dudan en enfrentarse cuando dos machos se encuentran hasta que uno de los dos muere, pero en este caso no hay color.

Lo metimos en una caja de cerillas y aquí está. Ahora vive en la cocina. De vez en cuanto lo dejamos salir y grillamos un rato juntos como cenobitas.

— Le he dejado en el suelo una servilleta llena de bolitas de comida para perro, y una manzana.
— Hay que ponerle un nombre.
— ¿Qué tiene de malo “grillo”? Supongo que también habrá que ponerle un apellido castellano y leonés.
— Berciano.
— Vale, berciano… Pero te advierto que estás intentando convencer a mi voluntad, no a mí, porque yo sigo en Magaz de Abajo.
— Mejor, entonces el grillo se va a llamar… ¿Cuándo vuelves?
— A dormir, me parece. Te he dejado un mensaje en el móvil. Mira a ver.
— ¡Cachis! No sé dónde lo he puesto.

Raquel ha ido a buscar su móvil y servidor ha aprovechado para ponerse un tequila y encender un pitillo. No hay duda, ya ha vuelto: su voluntad se adormece y se vuelve oscura, pequeñita, lenta, doméstica e incapaz de escapar a la amenaza de su presencia. Ni cri-cri hace la pobre. Va servidor a servirle a Raquel otra copa y a decirle que el grillo se va a llamar Genadio, Genadio Pintor.

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