Es curiosa la casualidad que asiste a los líderes de nuestra izquierda en su última hora haciendo que, no pocas veces, su muerte coincida casi exactamente con la de su época. Le ocurrió a la Pasionaria y le ha ocurrido a Marcelino Camacho. Ninguno de los dos hubiera, seguramente, sabido vivir otro mundo que el mundo que dejaron. Nuestro duelo, entonces, se acrecienta ante la certeza de que no despedimos solo a una personalidad relevante, sino a las circunstancias que la hicieron necesaria.

La lucha de Marcelino, su vida, fue una forja. Nada que ver con la balconada que el actual sindicalismo ha terminado construyendo con aquellos hierros, y a la que se asoma hoy con aire monarca tan pocas veces y con tan poca convicción. La lucha justifica una vida, eso está claro. El duelo lo justifica esa combinación entre personalidad y circunstancias a la que algunos llamarán coherencia y otros (Nicolás Redondo) valor. Servidor lo entiende como cordura, que es la cualidad humana que menos vista tiene en lo que lleva corrido.

La lucha de Marcelino Camacho ha terminado y la que viene a continuación no iba a entenderla. No es servidor un experto economista, pero le parece de Perogrullo que un sistema basado en aplazamientos de deuda y dosificación de pagos debería primero poder garantizar la estabilidad que lo sustenta, lo cual no ha hecho. De donde se deduce que el riesgo asumido por los bancos debería parecerse más al riesgo real que a una operación de tales características se le supone sobre el papel, lo cual no ocurre. Conque es más que razonable pensar que se especula con un cliente al que, en última instancia, la inestabilidad le será repercutida sin que le asista derecho alguno. Pero no ve servidor que a un parado se le suspenda el pago de sus deuda mientras deje de percibir ingresos (salvo que se haya hecho un seguro que le cubrirá tan sólo una parte). Y si el pasado del parado es autónomo ni hablar del asunto. A la larga no debería preocuparnos tanto la flexibilidad laboral, y sí la adecuación racional entre obligaciones y retribuciones, la diferencia sagrada entre un trabajador y una mercancía. No, ha muerto bien Marcelino Camacho, con su saldo cuadrado al céntimo.

Y si es cierto que a los seres humanos les ocurre como a los gatos, que nunca se les domestica del todo, y no acabamos muriendo a crédito, deberíamos pensar en que la  nueva izquierda, la izquierda del siglo XXI, desenmascare la opacidad que maneja nuestros destinos tras el logotipo de un pedazo de plástico y se instale frente a una economía devenida deidad para defender derechos nuevos. El patrón ha cambiado, y la izquierda no parece querer enterarse.

Sigue lloviendo. Resulta raro ver brillar la siniestra luz de esas calabazas de América de Arriba en algunas ventanas de Magaz de Abajo. No sabe servidor qué pensar de una contaminación cultural tan blanda, tan inofensiva; ni de la gente que con tanta facilidad la acepta. La niña Martina, que ya habrá olvidado su traumática visita al cementerio, esta mañana, con su madre y su tía y una desagradable señora mayor, se habrá puesto su disfraz de bruja y ya nos estará esperando, abrazada a su esqueleto de felpa, para dar una vuelta por Ponferrada antes de cenar. Y para ella lo que cuenta es eso, así que al menos esta noche para nosotros también.

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