Hay teorías científicas que deberían figurar en la lista de los mejores chascarrillos de la historia y hay universidades con el sentido del humor necesario para invertir millones de dólares en su desarrollo. Por ejemplo esa que dice que cada vez que se toma una decisión se crea un universo distinto e indetectable. Dejando a un lado la excentricidad que supone invertir millones en cosas indetectables, semejante teoría viola por sí misma cualquier protocolo imaginable sobre la administración de la masa encefálica. La resumo: cada vez que cruzamos un semáforo morimos alcanzados por un micrometeorito en un universo que se genera al instante sólo para que podamos no estar en él y al que jamás accederá el despreocupado paseante que llegó ileso al otro lado de la calle; nunca, ni aunque se arrojase él mismo bajo la trayectoria del micrometorito con el avieso propósito de sobrevivir en otra parte, ya que sería otro caso. Así también me salen a mi las cuentas.

Verán: a servidor le vendría de perlas que tres mil por doce fueran nueve. Y no necesitaría más que un buen matemático dispuesto a aventurar algún número adicional de dimensiones para que así fuese, pero por lo que se ve lo que vale para los viandantes es inservible para las matemáticas. Conque no existe ni existirá nunca un universo donde tres mil por doce sean nueve como no existe ni existirá nunca un universo con unicornios. Servidor atraviesa la soleada campiña berciana y hay una posibilidad de que le atropelle un carro de uvas, pero dos más dos no son seguramente cuatro, sino cuatro, y punto, y los caballos no tienen cuernos. Así que una ciencia exacta se puede utilizar para que servidor se vea impelido a morir un día sí y otro también en universos cuya existencia le importa, naturalmente, un bledo y en el que ni siquiera sabe si tenía amigos o familiares que le lloren (bueno, en este tampoco lo sabe, pero ya entienden ustedes a un servidor), pero no para sacarle de pobre.

Lo que intenta decirles un servidor es que por muy absurdo que parezca los científicos, algunos, están convencidos de que los universos son finitos en tamaño pero infinitos en número, porque así les cuadran las cifras. Si les viniese bien pensar que la nada es sólida lo harían sin pestañear.

– No les des ideas, Suñén.

Una nada sólida explicaría claramente por qué la gravedad parece estar más fuera que dentro en este universo nuestro. Los universos se distribuirían en ella como los agujeros en el queso Gruyere y quizás podrían comunicarse unos con otros dando golpecitos en el borde, como los presos en sus celdas. Sería un queso tan enorme que sólo su olor explicaría la radiación de fondo.

– Y la Vía láctea, sonríe el gato Pangur.
– Ni gran explosión, ni historias. Buenos ingredientes y a esperar que cuaje.

Claro que, pensándolo dos veces, a lo mejor a un servidor lo atropelló un coche en un universo normal, sin agujeros negros ni micrometeoritos ni extraterrestres hostiles ni carros de uvas, un universo con planetas normales y países con regiones y pueblos normales, y ha salido ileso en este lugar absurdo que lo tiene todo a pares (dos repúblicas, dos lolaflores, dos julioiglesias, dos crisis económicas) incluidos los arrestos de alcalde.

– ¿Qué has dicho?

Arrestos de alcalde, sí. Y si no que le pregunten al concejal de IU en Camponaraya (ayuntamiento del que dependen los dos Magaz), que sufrió la agresión física y verbal (amenazándole a él y a su familia) del alcalde tras un pleno en el que, el agredido, había pedido que constasen en acta las palabras del regidor afirmando que la oposición “delinquía”. Y lo malo es que si me imagino el tipo de universo al que agresor y agredido, en su versión alternativa, fueron a parar por culpa de la probabilidad de no serlo, me entran sudores fríos. La mecánica cuántica será muy lista y le saldrán las cuentas. Vale, pero eso de los universos múltiples , en la práctica, no arregla nada; aunque, ahora que lo pienso, sí garantiza que, por narices, tiene que haber universos en los que no haya nadie. ¡Qué paz!

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