Ahora que don Manuel Fraga Yribarne, figura a la que sólo juzgará el tiempo pero que forma parte indisociable de su imaginario político, ha muerto (y ha muerto el día que lo hizo porque manejaba los tiempos y para que Sarkozy, que había venido a hablar con nosotros, acabase hablándole a los franceses) servidor se pregunta si el finado se le aparecerá en sueños a Rajoy. Según algunos, las calles de nuestras ciudades, y hasta las de algunos pueblos (entre los que no se cuenta Magaz de Abajo, que tiene uno propio) son ahora propiedad de su fantasma.

— ¿Te has enterado de lo de Fraga, Pangur?
— …
— Que se ha muerto.
— Primero el alcalde, ahora Fraga, se lamenta Pangur fingiendo perder la mirada en la noche pero en realidad atusándose los bigotes en el reflejo del cristal.
— Lo que demuestra que tengo autoconciencia.
— No te distraigas.
— No, no.

Intenta servidor no fijarse en esas “otras noticias” que, entre una fotografía de soldados de América de Arriba orinando sobre cadáveres o torturando presos y la declaración de algún presidente europeo poco agraciado sobre la necesidad urgente de hacer sufrir a los trabajadores un poquitín más, nos informan de que los astros de Hollywood se visten de Prada, de que Cristina Rosenvinge cree en dios porque a José Mota le gusta el fútbol o de que el chándal es chic. Aunque sepa decirlo -ya que si bien la inteligencia no es uno de sus fuertes, uno de sus superpoderes mejor documentados es el de construir fácilmente ese tipo de frases que acaban por atraerla- ignora servidor por qué se presta espacio a la forzada utilidad de tales comunicaciones. Aunque a veces (todo hay que decirlo) aparece también entre ellas la reseña de la muerte de alguien que no es Fraga.

— Este gato no tiene por qué enterarse de lo de Gustav Leonhardt
— No, no.

Pero, además de la visita del presidente francés, la muerte de Fraga eclipsó en el diario otro suceso de notable interés (y no se refiere servidor a la mujer de las dos vaginas que, páginas adelante, revelaba sus secretos): Camps se había pasado toda la sesión de su juicio comentando con su abogado ciertos pasajes de La ruta antigua de los hombres perversos, un ensayo del escritor francés René Girard que el acusado iba subrayando mientras leía. A don Manuel, de haberlo visto, se le habría pasado inmediatamente por la cabeza aquel verso de Lowell:

Este idiota podría matar a su mujer y luego hacerse abstemio.

A partir de cierto momento, una vez iniciada la caída, no vale la pena empezar a interesarse por la ética de estado, y aún menos por la mecánica de la traición. Asuntos que a su particular manera el señor Fraga, con cuyo rostro se ha representado siempre un servidor al Coco y a cuya aparición, camino de la Moncloa, no descarta recibir cualquier noche (lo cual le aterra), nunca dejó de estudiar, respetar y meditar. Desde que apareció en la política española hasta hoy la política española ha cruzado ordenadamente los campos semánticos de palabras irrepetibles, grabadas a fuego en nuestras pacientísimas conciencias como si de los seis días de la creación se tratase:

  • apertura
  • reforma
  • destape
  • consenso
  • transición
  • democracia

Creo que fue la palabra “crisis” (que es la que debería venir a continuación) la que hizo que don Manuel (un creyente tan flexible en la conveniencia como inamovible en la convicción al que sólo le faltó ser inglés para tener principios) decidiese morirse en domingo, para no faltar al trabajo. Él sabía usar las palabras: económico y firme en la exposición de sus opiniones (dicho sea al margen de lo anecdótico de su dicción) las comunicaba con una limpieza expositiva y una determinación que muchos deberían envidiarle, muchos o más, pero una determinación que estuvo detrás de órdenes no tan limpias, que nunca debieron darse, y de declaraciones que pudieron no haberse hecho y de las que seguramente nunca se sintió ni culpable ni orgulloso pero que han mantenido bajo vigilancia franquista esa democracia que creemos disfrutar. Le acompañaba el porte, que sostuvo siempre justo junto a esas puertas entreabiertas, sólo entreabiertas, con una mano en el pomo y otra en la pistola, como un cancerbero raro, alternativamente dócil y amenazador. No quedan muchos representantes de aquel franquismo agónico al que supo esconder (e incluso engañar) a la sombra de su caciquil dandismo, pero sí quedan bromistas que lo enterrarían en el Valle de los Caídos sin advertir que el pathos del edificio no soportaría la presencia de dos ethos gallegos de semejante calígine, por muy posados y reposados que nos parezcan ahora. Servidor (que en una época le deseaba lo peor) lo habría enterrado con honores y música de Carlos Cano en Villar de Cañas, donde la radiactividad residual de sus restos mortales pasaría desapercibida, pero entiende naturalmente que lo haya sido en su matria galiciana, que siempre fue tierra de saber perdonar y de buen digerir.

Que este invierno se recuerde porque Fraga murió en su cama, de resultas de un lento envenenamiento por plutonio, o porque nuestros niños lo hicieron de frío en el colegio (o porque el chándal se volvió chic) dependerá de la evolución de unos acontecimientos que a don Manuel, a estas alturas, le dan ya igual. Se va como todos, vencido por la corriente y (a excepción de aquel bombín que le quedaba tan bien) desnudo ante la posteridad pero, eso sí, con el pomo todavía en la mano.

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Una opinión sobre “El pomo en la mano”

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