Son casi las seis y media de la mañana, que es una buena hora para sentarse a escribir pues todo duerme aún fuera de la biblioteca, y de la casa. Servidor escucha a Glenn Gould interpretando el quinteto con piano Op. 57 de Shostakovich y es incapaz de imaginarse en un patio de butacas, entre una circunspecta comerciante y un tímido jovencito que si bien no pondrían traba alguna a su fruición obsesiva sí lo reducirían a porción de un colectivo unilateralmente solicitante. Podría hacerlo con otras composiciones, casi todas, más restrictivas, podría hacerlo incluso con los Nocturnos de Chopin o con las Gymnopedies de Satie cuya intimidad es plural, popular, pero no podría hacerlo con esta pieza. Servidor mira la partitura como un dibujo (no lee música, lee la simetría) y comprende, disfruta, la contundente belleza de una premeditada construcción no de nada (pues no pretende “asunto”) sino de su enigma, de lo complejo de una desnudez que es, inexorablemente y en cada caso, la propia. Espejo estanco. Mirar la partitura le ayuda a recordar que no hay belleza en la causa, sino en la música; y que está solo ante su reflejo.

Se levanta, camina ora con grandes pasos, ora con paso de penitente; cada tanto, para regocijo del gato, deja caer un folio como si resolviese un discurso. Inquieta (a servidor le inquieta) pensar que la partitura es a la música lo que las ecuaciones de Einstein al tiempo: exposición de su reversibilidad, espejo intocable.

¿Qué pasa entonces cuando los músicos improvisan? Servidor, que ha tenido el placer de participar en algunos conciertos de poesía y música quería escribir sobre eso que, para bien, no es ya el clásico espectáculo en el que la voz solista es incidentalmente perfilada por una melodía neutra, sino una cosa tercera, autónoma y distinta, coherente, aventurada y viva.

Cuando los músicos improvisan salvan a la memoria de la cronología, al espíritu del relato. Por eso hay siempre poesía donde los músicos improvisan, porque ambos ejercicios le hablan directamente a la emoción sin perturbar al intelecto; y hay que ser muy hábil, casi hasta la pureza, para no perturbar al intelecto. No tocan los músicos ni hablan los poetas para narrar un suceso, sino para provocarlo.

Se provoca un suceso de rememoración, no memorable, no reversible, y en él la motivación no se resuelve en entropía. Es donde está, está donde es. Se ensimisma sin detenerse.

El conjunto se apropia del tiempo verdadero, del tiempo galileiano.

El poeta se olvida de su pequeño mal, se lo prohíbe por fin, y no será pues ya más ni menos solista que cualquiera de los otros músicos, así que no sólo recita sino que toca, juega cada palabra, sorteando la misma pieza junto a distintas voces. Si todo sale bien, la modificación declarará felizmente su independencia.

¿Quién sigue a quién? Nadie sigue a nadie. Como en la ouija, cada individuo adecuadamente acomodado sobre un recipiente sólido pone rumbo a un mensaje líquido. La generosidad del acto de improvisación coincide con su egoísmo, consiste en ceder al oyente la esperanza de orden mientras la energía se funde con la gramática (Eximeno). La memoria adelanta a la experiencia, ¡improvisa!, capitanea el espacio al borde mismo de la voluntad y de la materia; mas sin psicosis de novedad.

Así que no hay partitura ni página pues nada es ya exactamente música o exactamente palabra, sino que todo es intención desatada y los libres juntos o, si lo prefieren, misteriosamente sincronizados, vislumbran el volumen como prosodia mientras construyen su no-equilibrio, la duración, la emoción de su inestabilidad en la sombra.

El diablo en la calle, en medio del remolino… (Guimarães Rosa).

Cuando los músicos improvisan la naturaleza se siente profundamente facetada, y la existencia triunfa sin coreógrafo. El público (el remolino) comprende que ya no puede atrasar el reloj ni aminorar la marcha hacia delante, que vuela sin piloto (… aunque con instrumentos…) y que es demasiado tarde para preguntar dónde vamos (Stravinski). El público sabe que su sorpresa es apenas un poco mayor que la de los pájaros de su cabeza y que este significado, como el de todo viaje, no le compete a la máquina.

A las ocho hace ya un rato que algunos ruidos anuncian el regreso del mundo (Magaz de Abajo) a sus debilidades. Como en la sociedad de los humanos, no cabe esperar grandes primicias de los inmateriales madrugadores. Se ciñen puntualmente a su mandato heráldico, no dudan, carecen de contexto para dudar, dibujan en el deseo. Por compensar, quizá por provocarlos, servidor busca, encuentra y escucha esa versión de Feelings que Nina Simone regaló a los privilegiados asistentes al festival de Jazz de Montreaux en 1976. Lo está escuchando en este mismo instante, aquí, aquí, pero está sonando allí, allí (Jiménez).

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