Con retraso, me entero de que el organismo competente ha desestimado la solicitud de activación del Círculo Bierzo por “incumplir el Artículo 45 de los Documentos Organizativos”. Dicho artículo reza que no puede existir (eso significa el término “activación”) más de un Círculo Podemos en un mismo ámbito territorial y que, en el caso de darse una duplicidad estricta o sujeta a conflicto por solapamiento manifiesto, el Área de Extensión escuchará a los Círculos implicados y determinará una fórmula de resolución. Me pregunto si me afecta como inscrito en Podemos: no demasiado. Me pregunto si soy de los que acatan las decisiones de quienes están legitimados para tomarlas: ¡la duda ofende! Como he leído con atención el recentísimo artículo de Pablo Echenique irónicamente titulado La única autoridad soy yo, pienso por último: “doctores tiene la iglesia”.

Pero ocurre que vivo en el Bierzo y por añadidura (que no expondré) me considero berciano y, desde ese punto de vista, no me es posible comulgar con una decisión que parece tomada tras una lectura tan estática (y veloz) del reglamento al que alude que extraña que no desautorice también la realidad por estar incluida en la filosofía. Desde ese punto de vista, se me antoja una decisión precipitada, innecesaria y, sobre todo, contraproducente.

Para explicar la necesidad de mantener activo el Círculo del Bierzo no se precisa recurrir a su antigüedad (fue el primer círculo de Podemos que se reunió en la comarca y uno de los primeros de la Comunidad Autónoma de Castilla y León), ni a su trabajo continuado y conocido por la formación, basta con apelar a su necesidad. Negar la pertinencia de un círculo comarcal del Bierzo (no electoral, por cierto) es negar la posibilidad de articular unas demandas comunes a un territorio que debe ser considerado homogéneo por factores que van desde sus condiciones naturales hasta la persistencia de su demarcación histórica.

Es cierto que las fronteras comarcales se han ido diluyendo en otras formas administrativas y ante la falta de posibilidades laborales, la migración de la población hacia zonas urbanas o el aislamiento impuesto por gobiernos centralizadores. El Bierzo es, sin embargo, una de las pocas excepciones que aún existen en España más allá del folclorismo romántico o la curiosidad histórica (¿debo recordar que posee su propio Consejo, o que no hace tanto que fue provincia?) y obviamente debe ser defendido, explicado y comprendido en su identidad social y cultural. Identidad que no se fundamenta única o especialmente en consideraciones emocionales, usos o costumbres, sino en su misma realidad geográfica, productiva, industrial, económica, laboral, administrativa, familiar y (cosa importante si de verdad estamos hablando de política) mediadora.

A tal exposición positiva debe añadirse la derivada de las carencias (y paciencias) que identifican a una minoría o mayoría, según se mire, que se vuelve cada vez más crítica y cuyas necesidades (reindustrialización, preservación de la belleza natural y del patrimonio artístico, protección de flora, fauna y agricultura, potenciación del comercio exterior y de cercanía, así como la defensa de su marca, la optimización de sus comunicaciones o el acceso a la sanidad, a la educación y a los servicios administrativos ordinarios) no son un asunto menor, ni delegable, sino grandes roturas del humilde, pero firme tejido de calidad que tradicionalmente ha sostenido la vida de los bercianos. No decimos nada nuevo afirmando que el futuro del Bierzo depende de que encuentre respuesta a sus demandas, es decir: de la sensibilidad de quienes presumen su representación. Recoger, esclarecer y canalizar dichas demandas (cubriendo, a menudo, zonas de no fácil penetración), hacerlas públicas procurando su inclusión, ponderada, en el programa correspondiente de la organización que ahora le da la espalda, es el trabajo que se había impuesto el Círculo Bierzo.

Dificultar la actividad de una asamblea comarcal plural (¿quién o quiénes la convocarían, con qué contenidos?), comprometida con su horizontalidad y transversalidad, y decidida a no perder la ilusión en el esfuerzo de identificar y conectar inquietudes afines, es una imposición tras la que, a pesar del acatamiento que se le muestre, permanecerán siempre las sombras de dos (sin duda bienintencionados pero grandes) errores: el de una concepción político-territorial heredera de esquemas verticales propios de la creencia en una España irreformable, y el de una interpretación reglamentaria poco esmerada y en consecuencia ajena a la realidad minuciosa de la comunidad a la que sirve.

Lo que quiero decir es que esa determinación, no consultada y de larga distancia por parte del órgano competente adquiere, en la distancia corta (consuetudinaria), la forma de una arbitrariedad que, de primar la razón terapéutica sobre la inflexible, como espero que ocurra en un partido que se caracteriza por su sentido común, debería de ser corregida de inmediato y sin mayores traumas.

Si Podemos quisiera privar al Bierzo de su dimensión política, lo haría mediante una decisión así. Me consta (quiero que me conste) que no se pretendía, como me consta (aunque no lo quiera) que la diferencia no perturbará al resto del reino. Quizás (desde aquí lo parece) la respuesta se limite a sortear una causa mal conocida. Desde luego se apoya en motivos demasiado abstractos para cualquier observador sensible a la suerte de nuestra tierra. En fin: que incluso yo, que soy mejor hombre corriente que doctor de la iglesia, dudo de que un instrumento existente de facto y justificado de yecto pueda ser simplemente desautorizado de iure; y que no me queda, por tanto, más remedio que dar fe de mi disgusto. Vale.

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