Le costaba trabajo a un servidor digerir desde Magaz de Abajo la sustancia concreta de eso que llaman el mundo hasta que se ha enterado de que el pasado jueves (quizás miércoles) la luz subió una barbaridad porque ni ha llovido ni ha soplado el viento. Y, efectivamente, lugares hay en el mundo en los que, en general, ni ha llovido, ni ha soplado el viento, ni ha sido miércoles. Dicho de otra manera: no todo es Bierzo; y eso es la globalización, el mundo.

Con perspectiva, por tanto, servidor se pudo dedicar estos días a lo que todos los bercianos y ha hecho su (ahora sí) particular recuento, más fácil de interiorizar que de compartir. 2017 ha sido, según su estimación, algo así como una versión de las Variaciones Goldberg que contuviese únicamente los grititos de Gleen Gould, siendo lo de alrededor silencio, puro sobreentendido.

Servidor cree que el año, en general, pasó por él como él por el año: sin pena ni gloria.

Los “grititos”, por seguir con el símil, subrayan no obtante algunos días que, por motivos que no expondrá, servidor guardará en su memoria mientras su memoria se lo permita. Van desde la aparición milagrosa del perro Ovidio a la solución feliz de algunos versos reluctantes, pasando por una tuya, un cedro, unos niños tocando la batería en el jardín, un corazón de pizarra, Raquel leyendo a Roger Martin du Gard a todas horas (en la cama, bajo la sombrilla, al borde de a la piscina) o la visita de ciertas personas especialmente queridas. Servidor reserva un lugar resistente al olvido para la noche en que soñó que las chicas Gilmore le lavaban el pelo.

Las visitas de verano afinan lo acogedor de la casa con tanta delicadeza que servidor casi se siente culpable si abandona por un momento su eventual condición de anfitrión para disfrutar en solitario de sus lecturas de temporada (ligeras): Machado de Asís, Susan Minot, Anita Loos… Servidor pudo, además, ver una película (documental) que no había conseguido ver antes: Cien niños esperando un tren (1988), de Ignacio Agüero.

Las visitas de invierno tienden, a veces, a la metafísica y, siempre, al correlato. La ciclogénesis explosiva ‘Ana’ dejó sobre la mesa un ejemplar de las Obras de Juan José Arreola (la edición de Saúl Yurkievich) y una discusión sobre el procés catalán que puso sobre la mesa el eterno conflicto entre la realidad y el deseo, que no lo es entre partes, sino de cada parte en su salsa. Durante días la casa estuvo impregnada de un aire canadiense, y eso lo dice todo; hasta que no se fue no aparecieron los muertos. Los muertos tienden a amontonarse a partir del verano y, al terminar el año, no es raro que Charles Manson, Chiquito de la Canzada, la revolución soviética, el carbón o Marina Popovich compartan la misma bruma. Pero este año hubo un muerto al que servidor recibió con especial agrado y que tuvo, además, la delicadeza de venir a tomar café conduciendo su propio automóvil. A los muertos, por razones obvias, les gusta el café, pero no es frecuente verles conducir.

C.B. murió durante unos minutos hará tres años, de un infarto. A servidor le pareció que tenía un aspecto espléndido.

— Tienes un aspecto espléndido.
— Es que el médico me prohibió fumar.
— Te mueres y te prohíben fumar.
— ¡Manda carallo!

Somos amigos de hace décadas y (por eso) sabemos conversar llenando la irrelevancia de sobria revelación.

— No sentí nada, no lamenté nada y no vi ninguna luz.
— Normal. Estabas muerto.
— Por eso. Ahora siento y lamento constantemente.
— Pero ninguna luz.
— Ninguna luz.
— ¡Manda carallo!

El encuentro fue breve (hablamos de Mata Hari, de Stalin y de Alejandro Gándara) porque C.B. quería llegar a Madrid a comer, pero acordamos que debíamos volver a vernos muy pronto.

Las visitas intempestivas son escasas, pero inevitables cuando uno vive en medio de la nada, y pueden resultar estimulantes si uno disfruta el sarcasmo como otros una mañana soleada. Un día (cualquier día) llamó a la puerta una pareja que a servidor, a primera vista, le pareció un matrimonio mayor (quizás necesitado de orientación sobre la ubicación del domicilio de algún paisano) pero que resultó ser un comando proselitista.

— Buenos días – (etcétera…) — dijo servidor.
— ¿Sabe usted lo que hay detrás de las grandes catástrofes que sufrimos en estos tiempos?
— Sí, lo sé: un pozo de ignorancia.
— ¡Exacto!
— ¿He ganado algo?
— Lea este folleto en el que se le explica…
— ¡Alto ahí! ¿Leer?, ¿ha dicho leer?, ¿van fomentado ustedes la lectura por los caminos? ¡Deberían de avergonzarse!
— Pero es que…
— ¡A su edad! — Servidor cerró violentamente la puerta en sus respingonas narices sectarias y gritó, como si en la casa hubiese alguien:
— Deberíamos llamar a la policía montada.

Y un día encontró un guijarro dentro de una manzana, servidor.

Aunque si algo ha hecho del anodino 2017 un aspirante a singular ha sido su despedida.

Éramos cuatro a la mesa la noche del 31. Tras la cena, Raquel nos recordaba, de cuando en cuando, que mirásemos la hora para sacar las uvas, bajar a la bodega y poner el televisor. La conversación –sobre el mercado, Darwin, el humor, la turba, la materia– resultaba más interesante que la observancia y cuando quisimos darnos cuenta eran las 00:02. Ignora servidor si hubo quien se tomase a escondidas y a deshoras las doce de rigor, pero él se sintió liberado (de nuevo, para siempre) de una de esas gilipolleces que nos permiten enorgullecernos de ser de alguna parte.

— ¿Propósitos para el entrante? — quiere saber Pangur.
— Mantenerme alejado de las identidades: ni Bierzo, ni España, ni Europa, ni occidente, ni tradición, ni credo. Ya dejaré de fumar cuando me muera, si es eso lo que estabas pensando.

Servidor, por añadidura, se reafirma en su convencimiento de que el futuro se esconde en lo privado como las metáforas de Rimbaud se esconden en Rimbaud, la amistad entre Hércules y Aquelo en la lucha entre Hércules y Aquelo, el placer en Bach, la revolución en fumar o la singularidad en saber que, en el fondo, los que son de alguna parte es porque tienen miedo.

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