En el coche oímos a un rapero empeñado en airear sus miserias a golpe de ripio. Viene a decir lo singularísimo y chulo que es hacer filosofía de tres al cuarto con los pantalones a lo Cantinflas paseándose por Cuenca y acusando al mundo de dejarse llevar por las decisiones del Gran Hermano. Lo cierto es que no consigue ni siquiera mantener nuestro interés antropológico. Así, moviendo el dial, me entero (nos enteramos) de que se ha muerto Francisco Umbral: la eterna promesa. Unos días me parecía brillante y otros de un facilismo rayano en el materialismo vulgar, ese al que Nietzsche dió carta de naturaleza (como al nacismo, como al peor postmodernismo). No me caía bien, no me era indiferente, lo echaré de menos. Busco el programa de mi hermano Luis, en Radio Clásica, Juego de espejos, pero Raquel me informa de que hoy no es domingo.

Luis ha conseguido un formato muy eficaz, me parece. Además consigue no amedrentar a sus invitados; que no poseen, por regla general, la familiaridad con la música que alcanza quienes, más o menos directamente, viven de ella.

Hemos cenado fuera, con unos amigos que estaban de paso a Madrid. La gente ya va volviendo. El cielo nocturno se ha despejado y la temperatura invita a alargar la velada. Entramos en silencio, como el que llega al trabajo. Pasamos de la tímida y falsa iluminación de la farola del camino a la oscuridad de los árboles de dentro, que nos protegen de la luna soberbia. Raquel ha entrado corriendo en la casa y ha puesto la música que la escena pedía. Y ahora sí: mientras termino de cerrar el portón, despacio, el piano, que parece imitar los guiños de la luz lunar entre las hojas aún húmedas de los cerezos, le pone flecha al relato. Y así lo que ocurre se convierte en un breve divertimento sin firma.

– ¿Puedo salir a mirar yo también?
– ¿Con esta luna?, ni lo sueñes, Cato. Además, desde ahí la ves perfectamente.

El animal está encerrado “donde los perros”, una amplia zona vallada en torno a la caseta de los aperos. En alguna época hubo perros todo el año en la casa. Guardándola. Ahora “donde los perros” es un lugar que sólo habita Cato las noches de luna llena o cuando es necesario protegerlo de los niños.

– Adiós luna, escabrosa paloma, quien quiera que seas…

Algo le debo a la música y todo me lo recuerda. Algo que tiene que ver menos con las palabras que con los silencios tras el telón de lo que sea que represento ser. La música siempre ha sido, para mí, ese escalón demasiado alto, y la disfruto con atención, pero no la interrogo. La pintura, sin embargo, se me entrega con facilidad. Reconozco y entiendo sus objetos de una manera casi natural, más allá de la vieja y arrogante “doxa” pero también de la joven y humilde “episteme”. Y aunque me he educado, si puede decirse así, en la cultura de lo no excluyente la pintura siempre pudo (quizás no quiso) haberme convertido en uno de sus especialistas.

– Yo ahí tengo la huerta.
– ¿Qué?
– Donde tú la pintura o Luis la música. Ahí tengo la huerta.

No es baladí, ni ocioso el comentario de Raquel. Ella entiende los ritmos de lo que crece y es dependiente sobre la tierra. No planta ni cuida pero relata hasta otorgar derecho. Cuando entendemos y conocemos algo bastante bien para volverlo parte de nuestra biografía sensitiva, hacemos el sacrificio, exclusivamente humano, de atribuirle derechos.

No hablo de nada comparable a una droga, pues nunca le asignaría voluntad a disposiciones moleculares sin inteligencia alguna, hablo de la asunción de una condición sin la cual, el viviente, no podría ejercer la suya. Ahí es nada. Estamos en la biblioteca, tomando unos batidos de helado de vainilla y whisky. Cato, rendido a la evidencia, ha dejado hace rato de ladrarle a las polillas.

– ¿Y nunca vas a ir al programa de tu hermano?
– Claro que no, sería un disparate. Nosotros no hacemos esas cosas.
– ¿Y si no fueras su hermano? Por ejemplo en un universo paralelo.
– ¿Qué es eso, Raquel? ¿Lógica modal a tales horas? No lo esperaba de ti, mi amor.
– Calla y responde.
– Bueno: habida cuenta de que si pudiese ir al programa de mi hermano sería en un universo donde mi hermano no lo fuese, y considerando desde tu propio punto de vista que tal lugar es posible puesto que es posible enunciarlo, y que entonces los unicornios existirían en él y los burros de Noceda volarían en él, yo haría una selección desdramatizada de las piezas clásicas menos serias que hubiesen escrito los compositores de semejante lugar, si los hubiere. No porque no me guste la música de contenido fuerte (digámoslo así) sino para reivindicar, “lato sensu”, la otra.
– Por ejemplo…
– Por ejemplo La cantata del café de Bach, que es uno de los primeros spots publicitarios de la historia; algún cuarteto de Haydn, alguno de Beethoven, alguno de Shostakovich también, y el Vals de la las Flores de Tchaïkovski… Bromas, ligerezas cuya dificultad sólo resuelve el genio.
– ¿Te ríes escuchando a Shostakovich?
– A veces es inevitable sonreír. Una vez, en Helsinki, escuché una selección de sus cuartetos interpretada por el (ya algo decrépito pero firme y convincente) cuarteto Borodin. Me dio rabia que la gente no advirtiese los guiños, las parodias, el humor que más de un pasaje contiene. Pero muy pocos parecían saber cuando vale sonreír en una sala de conciertos.
– Seguramente sería una cosa luterana…
– Puede, digo dándole un largo sorbo a mi batido.
– Y ¿cómo va tu poema?
– No escribo, pero pienso mucho. Creo que para escribir un poema es preciso haber llegado antes hasta el mismísimo borde su imposibilidad.
– Pero qué raro eres, cielo.
– No soy raro, protesto por enésima vez.
– Más que un árbol de espaldas, y demasiado joven para serlo.
– ¿Yo demasiado joven? Pues que sepas que no nací antes porque estaba esperando a que se exiliase Juan Goytisolo.
– Y malo.
– No soy malo, la mala sangre es mi desgracia.
– Mira, en eso tienes razón, concede Raquel dando un largo sorbo a su batido.

¿Pensarán que les miento si digo que la luna llena está a punto de entrar por la ventana del sureste, y que la biblioteca se teñirá muy pronto de hilos pálidos y anaranjados y quebradizos como pinceladas de Paul Klee? Sobre la mesa hay un par de libros que parecen dejados ahí a propósito: Del origen y reglas de la música de Antonio Eximeno, y El estilo y la idea de Arnold Schönberg. También el Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki, que es uno de mis libros de formación y que anda leyendo Raquel estos días. En el tocadiscos (¿se dice así, todavía?) sigue sonando Bill Evans. Hay tiempo por delante; pero un servidor desearía poder incorporar la música a su gramática cuanto antes, crearla para seguir hablando de naderías y, despreocupándose de qué día sea, volverse más y más fluido y hacer, con Raquel, el trabajo que nos ha tocado. Lo dice (acaban, por cierto, de concederle la Medalla del Congreso de Estados Unidos) Simic (un poeta al que no dejo de frecuentar):

Si no fuese por nosotros dos allí sólo habría arañas tendiendo sus redes entre las farolas de la calle y los árboles oscuros.
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