El Prólogo: Comenzó hace tres días la lluvia, por la noche, y aún sigue cayendo. Terminábamos de ver, prematuramente, una película de las de la lista de invierno (que no se había citado en la comunicación anterior), Copia certificada, de Abbas Kiarostami, con Juliette Binoche y William Shimell, cuando a servidor le crujieron de pronto las rodillas y los gatos salieron a un tiempo de sus cestitas y se acomodaron en el sofá frente a las brasas de la chimenea. Un segundo después los oídos se habían acostumbrado ya al nuevo ruido, agradable, tan discreto y tan fácil que aún tardamos un poco en descubrir que estaba ahí, repicando bajo los diálogos.

La película: Una metáfora que, reflejándose sin disimulos en aquella Viaggio in Italia, de Rossellini (a servidor le faltaban dos años para venir al mundo), se contempla a sí misma con cierto exceso de satisfacción, en un juego de espejos ya algo manido. El ejercicio, sin embargo, es interesante, por esencial, por bien facturado y porque Kiarostami, que sin duda vio en su día Código desconocido, de Michael Haneke, aprovecha sin complejo alguno lo mejor de la Binoche: su relación directa con la cámara, su primerísimo plano mirando al espectador como si fuese otro, como si fuese ella misma, como si fuese su amante o su enemigo, o ambas cosas, o el horizonte. La película es ella, su descaro de actriz italiana de otra época. No hay que darle más vueltas: si sacarle a la historia algo más de partido suponía restarle a ella un sólo fotograma, servidor se queda con el producto tal cual. Juzguen ustedes, porque servidor no es crítico de cine (ni falta que le hace) y nunca llueve a gusto de todos.

La lluvia: No ha cesado todavía, como se ha dicho, la lluvia. Y lo que es cierto para los individuos que componen el cuerpo social, que nunca llueve a gusto de todos, lo es también para las muchas piezas que componen el cuerpo de un servidor, que ha comenzado a respirar mejor, a sentirse más vivo y racional incluso en el disfrute de una espiritualidad que la lluvia le ha regalado desde que tiene memoria, pero también a exhibir una cojera a la que, si no le obliga el dolor, que se padece y punto, si le obliga la inseguridad que provoca. Servidor, a falta de otro consuelo, ve en ello una especie de justicia poética, una suerte o trato de compensación, como si cada vuelo metafísico se cobrase en carnes esa energía que creíamos excedente, como si la inefable paz espiritual se entregase tan sólo a cambio de alguna insignificante molestia física.

— Ah! El poeta y su pequeño mal, se burla Pangur.

Otra vez la película: Kiarostami pregunta hasta qué punto la copia puede causar en nosotros el mismo efecto (consuelo, provocación, celos, rechazo, amor) que el original. Y la memoria, ¿no guarda acaso sus copias listas para una comparación eventual?, ¿no las revisa acaso varias veces al día en busca de su certificación definitiva o su refutación liberadora? Cuestión de honestidad, en última instancia, y de punto de vista: no es lo mismo el ejercicio de la contemplación que la contemplación del ejercicio, que es lo que acabará haciendo el espectador. Pero aunque Juliette Binoche y William Shimell nunca podrán ser Ingrid Bergman y George Sanders, como el espectador no será ya más el de 1954, la copia mantiene un significativo grado de eficacia, cierta cualidad de intercambio. (De nuevo recordamos a Haneke, esta vez con la copia simple de su propia película, Funny Games, diez años después de Funny Games, fotograma a fotograma, para certificar con ella nuestro miedo a unos asesinos, Peter y Paul, que, sin más que cambiar la “schlaga” por el palo de golf, podrían ser Alex DeLarge y Lerdo huidos al fin del gran padre Kubrick, al fin de nuevo originales.)

Otra vez la lluvia: No vale la pena insistir en que la lluvia no es copia de nada; de tan idéntica a sí misma, de tan imprevisible y homogénea no tolera imitaciones. No “marca” (la lluvia; aunque deje secuelas) sino esa diferencia entre la representación y la reproducción de la que Kiarostami no olvida tampoco hablar. Pero ¿hubo alguna vez una lluvia primera? Si la hubo sólo queda una copia, y habrá de estar, a buen seguro, en algún original de Turner; un pintor que, por cierto, también hace crujir los huesos de un servidor.

Las rodillas: Dejan de doler si se ponen en marcha, así que servidor las usa todos los días cuanto puede. En realidad no necesita proponérselo, pues siempre hay algún motivo para ir hasta el fondo de la huerta o bajar a la bodega o buscar una herramienta con la que cortar, golpear o empalmar lo que toque encima o debajo de lo que sea. Pero en reposo acaban por rebelarse. Primero es el dolor como una lámina frágil, horizontal y fría que escapara del ojo de algún pequeño habitante de la rótula, algún un espía de luz. Luego la lámina vibra un instante y libera sus fugaces fulguraciones, agudas, rojas o negras, o amarillas. No llega ese calor a restañar la grieta por la que escapa. Sobre el fondo blanco del invisible hueso parecería un cuadro de Zóbel si no fuera porque deja instalada a su paso una punzada dura de la que cuesta librarse. Servidor se levanta, camina hasta que la agresión, poco a poco, pierde su densidad, remite. La mecánica es siempre la misma: cada embestida es copia de la anterior. Otra vez Zóbel.

El diagnóstico: Servidor barrunta que, aún produciéndose estos ataques indistintamente en una u otra rodilla, la causa de los mismos no debería atribuirse sin más estudio a un único motivo (por ejemplo a la muerte de alguna de las copias de un servidor que aún andan por ahí fingiendo hacer las cosas que un servidor hacía), y concluye obedecer a Raquel y visitar al médico en cuanto escampe. Para no contribuir en exceso a una más que posible simplificación del diagnóstico, servidor ha llamado a sus rodillas Colette y Joyce, y ha solicitado citas por separado.

El epílogo: La gota de lluvia (parte esencial y última de un fenómeno infinitamente mayor, cada vez singular, infiable) que no comprende el protagonismo de la tormenta, que no comparte ni un gramo de su talento de diva (como un pez eximido de su responsabilidad en el cardumen, o como una palabra inocente, ignorante de la condena a muerte de la que forma parte), acabará sin embargo cumpliendo una función silenciosa, exquisita y sagrada bajo la gran maniobra de distracción de la naturaleza visible, mientras que la lluvia, por más que eleve su ánimo a ensoñaciones de finalidad, nada intercambia al cabo con este servidor: ni el mal agazapado, ni algún recuerdo o cicatriz de infancia, ni su apariencia de llanto o metáfora de la ira, ni una felicidad asimilada que sólo al intelecto compete, ni una promesa, ni un gesto; nada, salvo, quizás –y eso explicaría cierta probabilidad de simpatía que se diría mutua– la cojera.

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