En el cuarto capítulo de la tercera temporada de Fargo, la desquiciante, moralizante y según para quienes desternillante serie de Noah Hawley, V.M. Vargas, un mafioso al que Freud calificaría de siniestro (ya saben: esa mezcla de grotesco y terrorífico que con tan buen pulso cultivase Hoffmann) le dice al dueño de cierta compañía de la que está a punto de apropiarse, y en cuya ostentosa mansión tiene lugar la escena, que lo que en realidad se propone es hacerle rico.

— Ya soy rico, responde el otro.

Vargas echa un vistazo a su alrededor, y sentencia: “No, no lo eres”.

Vargas le explica entonces lo que de verdad es ser rico: poder vivir oculto, a salvo de lo que vendrá, a salvo del terror que vendrá y que será el que provoquen las hordas de indignados, desplazados, empobrecidos y esclavizados que el sistema no puede dejar de producir ni sabe cómo manejar. Y eso es lo malo, que o eres verdaderamente rico o (si sólo eres rico a la manera popular) evidentemente eres carne de cañón, futura víctima de una revuelta inevitable ahora que el capitalismo ha creado al monstruo que lo supera, que no es la burbuja de la guerra (la que ya existe, pero también esa que prepara Trump aislando a su país y comportándose como el hijo del cacique cada vez que sale de casa) cuya explosión inevitable contribuirá no poco a la debacle generalizada, sino el cambio climático, que firmará el finiquito del mundo en el que creíamos vivir. Lo ha firmado ya.

El preámbulo viene a cuento de que Suñén, después de ver el papelón de Pablo Iglesias justificando las medallas que reparte Kichi tan ridículamente, o a don Pablo Fernández comprar humo reivindicando (al unísono con los bien pensantes) la continuidad de Compostilla II creyendo que le hace un favor al Bierzo, ha decidido no acordarse de Podemos más que cuando le toque ir a votarle como antes votó a otros: con la pinza en la nariz. Suñén, en suma, ha caído hasta lo más profundo de su misantropía y ha decidido escapar, es decir: romper definitiva y unilateralmente los pocos lazos que le unían a “la cosa”. ¿Pensáis que sois políticos?

— No, no lo sois. Sólo sois realistas.

Pero lamentablemente lo seréis, lamentablemente deseáis serlo y lidiar, como cualquier clérigo descreído, con ese diablo que está en los detalles como el verdadero rico en el anonimato. Así que lo seréis y lidiaréis pensando que la lidia es un arte, o sea: sin advertir la trampa que comporta confundir privilegio con habilidad, estrategia personal con mandato social, realismo con traición. Ni vuestros enemigos son ya los ricos ni vosotros sois políticos. Estuvisteis muy cerca, sin embargo.

Ustedes, que están en su derecho, pensarán que las pretensiones de Suñén están, como sus escrituras, abocadas al fracaso, pero a poco que lo repasen dos veces se darán cuenta de que eso no es, en realidad, relevante. ¿Es legítimo tolerar la destrucción porque genera empleo, y hacerlo (además) desde la barrera de quien no encara el daño? ¿No es eso lo que siempre argumentaron en su defensa los pasivos ciudadanos de los peores regímenes? ¿Y no es pagar la superstición una malversación evidente?

Suñén, para empezar, ha dejado de usar Google, ha desconfigurado su televisor y ha instalado Unix en todos los ordenadores de su casa. También ha decidido releer Les Thibault de Roger Martin du Gard, Contre Sainte-Beuve, de Proust y, naturalmente, El Quijote. Antes de instalarse definitivamente en la post-indignación, aprenderá a hacer injertos.

“La cosa” es grave y uno no puede plantarle cara templando gaitas. Echen un vistazo a su alrededor, porque nos han quemado, helado, machacado, infestado e ignorado y, para colmo de males, nos anuncian a bombo y platillo que vienen aquí a instalarse los destructores de bosques para darnos media docena de puestos de trabajo y que nuestros amigos políticos intentan condenadamente que las emisiones de la térmica por antonomasia sigan matando a nuestros hijos. No hay agua, además, pero ese es un asunto del que nadie que no sea un verdadero estadista (de los que ya no existen) quiere ocuparse. Lo mejor que nos ha pasado es el incendio del cementerio de Cacabelos, que al menos produjo imágenes que dieron la vuelta al mundo y conseguirán que la zona se llene de locos y de locas en unos pocos días mientras los ricos evalúan las oportunidades de negocio.

Podría cambiar de opinión, Suñén, si a alguien se le ocurriese formar un partido o movimiento que exigiese la auditoría de la deuda, presupuestase la renta básica, se negase a defender a los empresarios de los ecologistas y a los realistas mansos de los recalcitrantes esperanzados; un movimiento (o partido) cuyos líderes respetasen el imperativo popular (o sea: se limitasen a ejercer sin personalismos el mandato que han recibido durante el tiempo que se les otorgue) y que se declarase asambleario, republicano, laico y humanista por encima de leyes y tradiciones… Eso le parecería una buena idea. Un partido así (que se podría llamar, por ejemplo, Podemos) es lo único que le haría abandonar su torre de marfil en pos de una visión del mundo, pues está convencido de que una concepción no es suficiente, de que hay que defender lo imposible para sobrevivir a una amenaza que nos viene demasiado grande. Tan grande, que haremos bien en deducir intenciones perversas en cuantos prefieren postergar su reconocimiento en aras ¿de qué?, ¿de una estrategia? Mirad vuestros relojes, porque a estas horas cualquier estrategia, incluso la mejor de las estrategias, no es más que una dilación suicida.

La astucia alimenta la importancia que nos concede la guerra. A eso parece reducirse el juego: cuanto más clara la guerra, más matizada la ideología. Mientras eso siga pesando más que lo urgente, hasta que eso no se corrija, ni se molesten en responder a este escéptico, está ocupadísimo enseñando a su mastín a ladrar a los vendedores de salvación eterna y a recitar a Ovidio: Nada es más útil al hombre que aquellas artes que no tienen ninguna utilidad. Una frase, por cierto, que servidor interpretó siempre como un reproche.

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