Doce años que no fumo, dice el tío Jesús mirándome disfrutar de un Partagás. Aspiro despacio y echo el humo, como si silbase alguna hermosa balada imaginaria, hacia el gran paraguas siempre meditativo del guindo que nos rodea.

Estamos sentados uno a cada lado de la redonda, tosca (no burda) y pesada mesa de piedra, como muchas tardes, acompañando un tinto (Altos de Losada) con algunas avellanas que aún quedaban del año pasado y que cascamos directamente en la mesa ayudándonos de uno de los ceniceros de grueso vidrio, conversando, o sea: no diciéndonos nada particularmente interesante o incluso nada en absoluto.

— El tabaco es un buen compañero.
— ¿Por qué lo dejaste?
— Porque las nietas empezaron a insistir, no me lo mandó el médico, si te refieres a eso… Pero es un buen compañero del hombre, como digo. Yo ahora voy a la huerta como un buey.

Tío Jesús ha hecho un gesto con la mano abierta, de canto, desde la frente hasta la piedra redonda, y ha repetido:

— Como un buey… Antes paraba un momento, encendía un pitillo y, como tú, pensaba en esto, en lo otro… Aprovechaba el descanso para valorar lo resuelto, o para fantasear sin miedo. Pero ahora voy, a lo que hacer, y ya he vuelto.

Estarán ustedes pensando, mis improbables lectores, que en su día aseguré en estas mismas páginas haber dejado de fumar. Y, en efecto, dejé el vicio, pero en modo alguno el placer. Fumar por placer es algo que le debo a don Jaime Partagás y Ravell, cuya historia quizás les cuente otro día.

— Yo fumo por placer. ¿Te lo había dicho?
— Eso es distinto, claro. Ya tendrás nietos, contesta el tío Jesús en voz cada vez más baja y mirando al cielo.

La tarde no está oscura, aunque las nubes lo cubren todo y de vez en cuando suena un trueno e incluso caen tres o cuatro gotas a las que no hacemos caso. La tarde disfruta una luz cuidadosamente tamizada, infantil, casi cinematográfica, que confiere a la vegetación un volumen paradójicamente realista. Bajo ella veo al tío Jesús como el hombre bueno y firme que siempre ha sido. ¿Cómo me verá él?

— ¿Vives bien aquí, eh? Mejor que en Madrid.

Creo que me ve así, como a un extranjero que ha encontrado el buen camino. También creo que le produzco cierta ternura por novato, porque inevitablemente una gran parte de mí está aún fuera de lugar. Quizás lo esté siempre. Cualquier comunidad, después de todo, acepta antes al exótico (cuya diferencia se reduce a ser exactamente igual de raro que cualquier otro miembro de su grupo adoptivo) al que no se esforzará por conocer, que al forastero a medias, al compatriota con quien (exactamente igual que con cualquier miembro de su comunidad) tiende a medirse; pero al que no conoce. También los árboles toleran mejor la vecindad de otra especie que la mojera (“pero al final el bosque se defiende junto”, hubiese dicho el tío Jesús si hubiese oído mis pensamientos, lo que de momento no hace).

— ¿Que si fueras inglés te querrían más?, ¿eso estás diciendo?, me pregunta Pangur subiéndose a la mesa.
— Tú a callar. Y no te metas donde no te llaman.
— Así que ya hablas con el gato, observa el tío Jesús en tono de aprobación.

Acaricio la cabeza de Pangur y cambio de tema:

— La tormenta, cuanto más amenaza…
— …menos dura.
— Tú lo has dicho, Jesús. Pero en cualquier momento chorrea.
— No.

Me tranquiliza su seguridad porque las cerezas están en sazón, y una tormenta las rompería. Cuando vuelva Raquel (que lleva todo el día de papeleo en Ponferrada intentando recuperar el Mercedes, no sólo sin reparar por lo que sabemos sino también desaparecido en el proceloso mar de la burocracia) tendremos que ponernos a esa tarea.

— ¡Marcho! Manda saludos a tu madre.
— Le encantará recibirlos, sabes que siempre me pregunta por ti.
— ¿Y Lucas?
— En la Puerta del Sol.
— Ahí está bien.

No le acompaño. Tío Jesús (que se ha vuelto un momento a mirarme desde el umbral, levantando un poco las cejas y la barbilla antes de cerrar el portón) se agranda bajo este cielo que se puede tocar de un salto, bajo esta luz paradójica, casi interior. Era el inseparable de Orlando, el padre de Raquel, conoce la casa (que contribuyó a construir) y la finca mejor que nosotros. Con él no hay protocolos. Sin él, don Jaime Partagás y pocos más con los que esta habitación enorme se adorna aún seguiría aferrándome al pasado posible, siendo inglés, escuchando mi propia voz y sin distinguir la cochinilla del cenizo. Lo que oigo ahora es la lluvia mientras acaricio la cabeza de Pangur que, recostado sobre la mesa, ha cerrado los ojos y parece disfrutar, también, de este sonido sin causa. Porque esta lluvia no humedece la tierra, no requiere refugio su aparente frialdad, sino que se parece a aquellos metrónomos de Ligeti, tan teatrales, tan distintos del hombre que emocionan, revelan.

Ya por la noche me entero de la muerte de Jorge Semprún, que fue, además de ministro de cultura (lo que no creo que le impresionase especialmente) un escritor comprometido, un activista coherente y, en muchos aspectos, un hombre ejemplar. Y como se puede ser político y escritor sin ser intelectual hay que decir que él fue las tres cosas y también un siempre bienvenido extranjero en Madrid (donde nació en 1923) y un europeo convicto y confeso en París, su hogar (donde ha muerto hoy, 7 de junio, en tiempo de cerezas). Ya había anunciado su partida hace algo más de un año, en un artículo en Le Monde (recogido luego en La Vanguardia). No se va solo, se van muchísimas cosas con él.

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Una opinión sobre “Partagás”

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