De ahora en adelante y hasta que se acabe el mundo voy a tomar el Gin tonic con pepino en vez de limón. Será mi forma de protestar contra la indignante diffamierung alemana, ya que cualquier protesta no estrictamente privada podría considerarse fruto de la frivolidad, la inexperiencia política o la crisis económica. De ahora en adelante, tampoco compraré más das toilettenpapier en el Lidl ni beberé más glühwein ni comeré más chucrut, cosas que puedo permitirme afortunadamente. También estoy pensando en prescindir de algunos otros productos típicamente alemanes tales como la guerra total, la relectura de la Óptica de Kant o el tarareo enfermizo del tercer movimiento de la Novena de Beethoven cada vez que suena, pero tampoco quiero ser más papista que el Papa.

La receta (la del Gin tonic) es sencilla y cada cual puede amoldarla a sus particulares preferencias en materia de marcas comerciales siempre que no utilice nada que sea alemán.

— Pues empezamos mal.
— ¿Cómo que empezamos mal? ¡Qué sabrás tú, gato impertinente y abstemio!
— El Gin tonic, amigo Suñén, se lo debemos precisamente a un alemán: Jacob Schweppes. De él fue la idea de añadir quinina en la soda. Con respecto a la aportación inglesa y de dudoso gusto de mezclarla con ginebra…

Como iba diciendo: la receta es sencilla y cada cual puede elegir en su elaboración los productos de su preferencia salvo el pepino, que deberá de ser, naturalmente, un auténtico y genuino pepino español que si bien le restará vitamina C le añadirá E y mejores aceites naturales. Es la que sigue:

  • Directamente en el vaso, la copa o el recipiente que sea, siempre que esté frío y no escojas uno de esos “tubos” que impiden que la mezcla se airee y te obligan a beber mirando al techo
  • Nada de zumo de limón (mata las burbujas)
  • Una medida de ginebra (a ser posible Citadelle, cuyo toque cítrico compensará perfectamente la ausencia de limón)
  • Cuatro cubitos de hielo (“cubitos”, o sea cuadrados, que duran más)
  • Un botellín de tónica (cualquiera que no sea muy dulce si no es, como sería deseable, Fever-Tree Mediterranean)
  • Una rodaja de pepino español
  • Una vuelta de cuchara larga, lenta
  • Pétalos de rosa cruenta, al gusto

He bautizado a este cóctel “Cornelia”, en honor a Cornelia Prüfer-Stoks, que levantó el bulo achacando a una partida de pepinos españoles el origen de la diarrea sanguinolenta que ya ha causado una decena de muertes y complicaciones renales serias a unas 400 personas. En su defensa hay que decir que, verdaderamente, la bacteria E.coli parece un pepino.

— ¿Un Cornelia?
— Claro, jamás rehúso un Cornelia.
— ¿Cuantos pétalos?
— Dos, gracias.
— Yo paso. Lo tomaré tal cual.

Raquel da un sorbo bien respirado y se queda mirando a Pangur, que pone caras de asco para servil diversión de Yogur, que se retuerce por el suelo.

— Estos gatos son tontos.
— Ya te digo.

Abstracción hecha de las pérdidas económicas que la atolondrada teutona nos ha provocado, hay que reconocer que no deja de tener gracia este cuarto de hora de gloria del pepino español. Un cuarto de hora que ha contribuido a acercar a la población urbana a los problemas reales de nuestro rústico país (y perdón por el pleonasmo), pero que ha puesto a prueba nuestra capacidad de escuchar tonterías del estilo “el gobierno actuó con lentitud” o “hace falta un ministerio de agricultura”, como si lo normal no fuese creer (en principio) las advertencias sanitarias de un estado miembro de la Unión Europea, hacer nuestros propios análisis y sólo después responder y reclamar (dos días) o como si el cambio de nombre de un ministerio modificase unas competencias que vienen muy bien especificadas en el B.O.E.

Ahora vemos en la tele que Francia se permite dudar de nuestros controles alimentarios. Lo normal; aunque en mala hora.

— ¿Otro?
— Vale.
— Creo que voy a hacer extensiva mi protesta a Francia.
— Me parece muy bien, cielo. ¿Prescindimos de la Citadelle?
— No, no seamos tan drásticos o nos quedamos sin copa. Como ya no está bien visto decir “me importa un pepino” para demostrar desinterés por lo baladí, voy a empezar a sustituir la expresión por “me importa un Sarkozy“.
— No creo que cuaje.
— Me importa un Sarcozy. ¡Oye, está bueno el Cornelia este!
¡Prosit!
— ¡
Santé!

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