Donde Casilda (pronúnciese Don-de-Casilda), conspiradero de la rive gauche ponferradina, estuvo servidor viendo a Rober, que le informó de una reunión a la que no ha asistido porque aún se siente un poco extranjero en esta tierra y no quiere confundir la cortesía con la naturalidad. Le gusta su intención, que es preguntarse qué y cómo pueden desde su sitio (la arquitectura) aportar un esfuerzo al significado de ese gesto general que nadie puede dejar ya de ver tras las muecas oficiales de los barones tejedores. Hace falta sanear toda esa mímica de poder que ha sustituido desde hace unos años a la realidad como la resaca a la culpa, la moda a la cultura, la fama al mérito, el interés compuesto al común. Más sociedad civil. Es bueno que las cosas parezcan lo que son. Sean lo que parecen.

Como está solo ha abierto servidor una botella de Viña Salceda, reserva del 99, Peter Falk in memoriam, decidido a no acostarse hasta vaciarla. No tiene prisa, ya que desde que la crisis (adelantándose sólo un poco a su mala cabeza, para ser justos) cerró su negocio y liquidó su herencia ha desarrollado el superpoder sorprendente y requeteútil de contemplar el tiempo como el que ve arder su casa: que no ve un incendio, sino la superposición de una infinidad de combustiones pequeñas, precisas, personales. “El tiempo no es eso, es una abstracción, un concepto filosófico”, dirán ustedes siempre puntillosos, “y no se puede mirar”. Y tendrán razón, así que se explica, servidor: no es el tiempo propiamente dicho lo que uno contempla, sino que cuando mira, por ejemplo, la información de un telediario, lo hace observando cuidadosa y fríamente a esa mujer o a ese hombre que emplea lo que tiene a mano en una actividad concreta y esforzada totalmente convencido él o convencida ella de estar haciendo otra cosa (por ejemplo hablarle a un montón de gente que quizás no esté ahí ni sepa su nombre). Sí, sí, claro que lo que hace es útil, pero no es lo que servidor ve, lo que servidor ve no se parece al resultado, sino a la fragilidad, al desvalimiento desde el que se obtiene. Pocas veces: honestidad. A veces: simulación. La mayoría de las veces: autoengaño.

— ¿Cómo ver a un actor actuar en vez de al mercader de Venecia sufrir?
— ¿Cómo ver a una persona sobre un entarimado intentando desesperadamente ser otra cosa?
— Hablas del mercader.
— No.
— ¿Del actor?
— No.
— ¿Te importa si te ignoro?
— Por favor.

Pangur ha bajado de la cheslón (seguido por Yogur), ha dado una vuelta a la cheslón (seguido por Yogur) y se ha encaramado a la cheslón de un salto para sorpresa de Yogur que ha decidido quedarse congelado en el suelo en estudiada actitud de caza de mosca hipotética. Ahora mulle concienzudamente su cojín favorito (uno de sus tres o cuatro cojines favoritos estratégicamente repartidos por la casa) mientras intenta sostenerle la mirada a un servidor. Se le cierran los párpados y no puede evitar caer, como un solo de violoncelo cuyo público, de pronto, haya echado a correr tras una flauta invisible. Ya no está.

Peter Falk fue uno de esos actores que mostraban sus cartas, hiciera lo que hiciera era Peter Falk. Le faltó ser guapo (era guapo, vale, ahora que se ha muerto). Y aunque da un poco de rabia que vaya a ser recordado por ello, su protagonismo en la serie Colombo permitió descubrir al respetable como puede suplirse la falta de belleza cuando eres tuerto desde los tres años, a fuerza de tolerar la humillación y agudizar la penetración del ojo sano hasta más allá de la “x” del espectro y construyendo, en solitario, la primera aparición del anti-héroe en la pequeña pantalla. La noticia de su muerte ha interrumpido el asunto del que, en realidad quería hablarles, que era de cierto popular cantautor al que servidor encontró engordándose tanto para llenar unos minutos en un programa (de la 2) dedicado a Bob Dylan que acabó por decir que “eso” era un artista de verdad y no “el Fláccido Domingo ese”. Los periodistas implicados hubiesen obtenido una respuesta ponderada y hasta inteligente (más realista al menos en lo que a las cualidades del mejor tenor del mundo se refiere) preguntando desde la puerta. Pero entraron y se demoraron una hora y media para grabar un minuto y permitieron a su entrevistado jalearse a sí mismo hacia los cerros de Úbeda (nunca mejor dicho) y quedarse allí en un entredicho por el que haría bien en pedir disculpas.

— Disculpas, repite Pangur en sueños mostrando apenas los bigotes bajo la cabeza de Yogur que (no sabe servidor cuando ha salido de su ensimismamiento cinegético y trepado a la cheslón) está durmiendo, literalmente, sobre él.

Le tuvieron demasiado tiempo fuera de juego, del suyo, al popular cantautor que, convencido de que la partida trataba de su persona y de sus cosas, terminó sin darse cuenta confundiendo el valor con la bravata y trasluciendo su farol. No es el único en el mencionado documental al que le ocurrió lo mismo. Autoengaño.

Autoengaño. No le interesa más el cantautor, su compromiso moderno o su ego a un servidor. ¿Recuerdan esa escena a tres de El cielo sobre Berlín en la que Falk le habla a un personaje que sólo el espectador ve ante la mirada condescendiente (y pragmática) del dependiente de un puesto callejero?, ¿Falk diciéndole al ángel aquello de “pero tú no estás aquí, yo sí”, etc..? Eso hacía el imbécil: pensar tú (Dylan) no estás aquí. Yo sí. Daría para una nota sobre la adecuación de fondo y forma. También sobre la sensibilidad. Ser es ser percibido, pero ¿por quién? Servidor se quedará con esa escena (original de Wim Wenders) para recordar en lo sucesivo a un actor cuya honesta demencia merece su página en nuestra colección particular de fetiches.

Ya ven: iba a terminar ahí arriba pero se ve obligado a sacar de su párrafo la expresión “compromiso moderno” un servidor (y de la manga un último naipe) para ejemplificarla por encima de vaguedades. No es un servidor amigo de dar consejos, que tienden a caer en saco roto con demasiada facilidad y aún a volverse contra uno con irritante y violenta impunidad; pero si pudiese orientar a nuestros políticos sobre la lectura correcta de los últimos acontecimientos callejeros, tras verlos desde el tamiz de su superpoder recién estrenado, y suponiendo que la lectura sea aún considerada merecedora de atención entre tantas y tales responsabilidades que ha de afrontar el sufrido servidor público (a cambio de lo cual permitimos que la crisis no perturbe su intimidad, sino que se mantenga en los manejables límites de la teoría económica y otras pastelerías afines) sería para sugerirles que leyeran muy atentamente, muy detenidamente, aquella metáfora sobre el autoengaño y la sociedad que publicara Hans Christian Andersen en 1837, El nuevo traje del emperador. Que lean (no que recuerden o que hagan resumir, que lean) y se imaginen a sí mismos desfilando entre los embaucadores y ese niño junto al que no sería raro encontrar también a Peter Falk, frotándose las manos para darse calor. Esa mirada que les perturba, tan pequeña. Esa que fingen no ver. Esa mirada es lo único que les queda antes de ser barridos por la tapa dura de su accidental presencia en un cuento que, desde que érase que se era, les viene grande.

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