Pinochet ha muerto, así que viva Chile. No hace mucho que estuvo servidor en Santiago y protestó contra una lectura poética que, a puerta cerrada, la organización había previsto en la Escuela militar. Ahora es allí donde el nieto del dictador ha lanzado su soflama patriotera y defensora de un privilegio de clase sin derecho que la sustente. Quizás se equivocó entonces servidor al no entender que estaba en un país esforzándose por convivir, pero tuvo la sensación de que aquello era una bajada de pantalones.

El espectáculo de la muerte de Pinochet no le da la razón a un servidor, sin embargo, que ha pensado que quizás su sensación fue más correcta que su actitud y que quizás debió de haber pedido el procesamiento de Pinochet en cada una de sus intervenciones, y haber sufrido la lectura en la Academia como el mal menor que una sociedad que cambia aprende a tolerar, e incluso a sufrir. Pelear y no tocar las narices a quienes, tal vez desde la ingenuidad, creían en lo que estaban haciendo. Pero algo le consta a un servidor: los defensores de Pinochet dan miedo y los defensores de la democracia lo padecen, y debería ser al revés. Lo que le lleva a concluir que si a honrar a Pinochet fueron todos sus trasnochados seguidores, y a defender la democracia fueron la mitad de sus ilusionados… lo que hay bajo el agua o se oculta tras las grandes cumbres garantiza la durabilidad de la estrecha cinta que envuelve la democracia chilena.

Servidor asistió al golpe de Videla, y al de Pinochet, desde el sillón del comedor, siendo pequeño. Al golpe de Videla se le dió tiempo, a un golpe contra un régimen que era todo menos claro y demócrata, había que darle tiempo. Se le dio demasiado. A Pinochet lo odiamos desde el primer día. Fue demasiado obviamente un pelele de América de Arriba, un listo que se enriqueció a cambio de imponer un sistema sangriento que beneficiaba al gran hermano del norte. Nada más. Ni ideario, ni valor, ni otra virtud que no fuese la dependiente fidelidad al dinero del otro, de que pagaba. Fue un cobarde al que le habían dado el poder y que cometió la torpeza propia del pelele que se cree su papel: lo usó. El genocidio como negocio fue el mal del siglo XX, también será el del XXI; aunque se haya vuelto más sutil.

Hay una frase que ha escuchado servidor en las honras fúnebres del dictador: “aunque muera vivirá”. No es cierto. Eso lo harán sus víctimas, lo están haciendo. Así que si alguien no entendió mi postura con respecto a aquella lectura, que entienda que los demócratas somos ingenuos, debemos serlo. Por un momento, quizás, se me estaba olvidando.

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