La meteorología se impuso, como tantas veces en esta tierra desentendida y caprichosa y las faenas en las que había planeado aprovechar el día hubieron de ceder su tiempo a otras más caseras, imprevistas aunque pendientes, que me cundieron sin embargo muy poco. Así que ni fumigué a la tenaz cochinilla, ni fumigué al polvoriento oidio, ni le dí a la balaustrada de madera que adorna (más que otra cosa) en desnivel del jardín, ni (por descontado) tallé los siguientes injertos que ya no deberían demorarse más:

  • Un almendro sobre un ciruelo.
  • Un manzano sobre otro manzano.
  • Un peral sobre otro peral.
  • Un espino albar sobre un acerolo.
  • Un membrillo sobre un níspero.

En vez de eso terminé de ordenar la biblioteca y repartir por las habitaciones algunos libros repetidos, con lo que la mudanza, oficialmente acabada hace meses, lo está ya efectivamente en mi corazón. Pero no eran ni las doce de la mañana.

Raquel (para descansar, supongo, de estas fiestas en las que hemos tenido visita de Martina con un par de amiguitos y sus respectivos padres, y también de Mane y Lolo, con las niñas, y de Rubén y los amigos de Rubén y de Lucas y sus siempre envolventes circunstancias…) se ha marchado una semana a Galicia con una desagradable señora mayor. Y un servidor, contrariado y en Magaz de Abajo al mismo tiempo procuró superarlo haciendo una vida normal: compró el periódico y se fue donde Casilda con la intención de pasar desapercibido y escuchar algo de buena música (“donde Casilda” se escucha el mejor jazz de toda Ponferrada y es el mejor local para leer la prensa, siempre, eso sí, que la prensa la lleve uno).

Al poco, dos parroquianos de edad, abolengo y dignidad no muy diferentes de los de un servidor comenzaron a platicar más que animadamente con un servidor de esto y de aquello. Ya me habían presentado a uno de ellos, Rober, que me cayó realmente bien por su habilidad para llevar cualquier conversación al terreno del murmullo semisecreto en torno a materiales de no menor valor intelectual. No contaban disparates y, era evidente que no estaban totalmente locos. A servidor no le gusta hablar de sus cosas con gente totalmente loca. La conversación se fue animando y dando paso a algunas demostraciones de sentido del humor muy tranquilizadoras y, al final, habíamos decidido unir esfuerzos y comprar la casa de Gil y Carrasco. Sin discusión. Trato cerrado.

Y a ello fuimos a la mañana siguiente como buenos adultos emprendedores hasta el ayuntamiento de Villafranca donde Agustín, el Alcalde, nos informó (entre otras ligerezas como la existencia en cierto colegio de la villa de una más que importante colección de conchas marinas o lo poco que le gusta el color de los cordones de los zapatos de Juan Carlos Mestre) de que llegábamos tarde. Mala suerte y a otra cosa, pensé, pero entre lo fácil que es un servidor, la cantidad de bares que hay entre Villafranca y Magaz de Abajo y lo ameno que resultaba Rober, su acompañante y cómplice en la loable empresa de poner en pie un centro cultural con vocación cosmopolita y bajo presupuesto al amparo del autor de El Señor de Bembibre, el día terminó tarde y le dejó a este servidor el tiempo justo para atender al gato (Pangur, cuya paciencia con los pequeños estos días atrás nos ha sorprendido a todos), cenar algo y caer dormido viendo una deleznable película en la que los Testigos de Jehová salvaban la Tierra.

Lo de Pangur es digno de ser contado: no sólo se portó como un gatito cariñoso con María y Susana, y les hizo todas sus gracias y hasta se dejó cepillar, sino que padeció también la locura de los otros tres (Martina y sus amigos, que llegaron a continuación), más pequeños, dispuestos a probar con él todas las perrerías que se saben. La mejor cuando lo metieron en un cesto de vendimia que usamos para la leña, lo cargaron a hombros entre Isabel, Martina y Adrián y me hicieron tamborilearles un paso de procesión con la caja de la batería. Pangur se asomaba curioso y bamboleante al borde del cesto, pero no se bajaba, y los niños marcaban gravemente el paso.

– Fue humillante.
– Ahora no te quejes, lo pasaste bien.
– Estaba aterrorizado. Ya me gustaría haberte visto a tí en volandillas entre semejante escandalera.

La procesión no duró mucho, desde la chimenea hasta el fregadero, pero resultó muy emotiva. Así que, teniendo en cuenta que no quise apuntarme a matar judíos (beber limonadas) con Rubén y sus amigos, al final, y a pesar de mi conocido descreimiento en relación a la falta que nos hace pasear por fe o por lo que sea, he asistido esta Semana Santa a dos procesiones. La del gato, por empatía, y la de Gil y Carrasco por puro afán antropológico. A la de Galicia, como es obvio, no quise sumarme, que uno ya no está para según qué calvarios.

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