Servidor nunca ha escrito para sus lectores. Lo hace más bien por autoestima, y por suplir cierta incapacidad para el golpe de vista que, de otro modo, le dejaría en desventaja frente a la general astucia. Claro que nadie escribe en realidad para sus lectores, ya que nadie los tiene lo bastante cerca como para que de su presencia se derive mejoramiento alguno de la percepción de un problema, la calidad de una idea o el estilo de una frase; y tampoco podría nadie atender a un público decidido a dar su opinión más allá de un escueto “me gusta” o un ininterpretable silencio al parco e impersonal modo de las controvertidas redes sociales a las que la televisión, más que la propia Internet, desea condenarnos.

— Pero “el público” paga, me recuerda el gato Pangur.
— El público paga, sí, pero no la escritura, sino la publicación.
— Es igual.
— No, no es igual.

Servidor, sin embargo, tampoco tiene conciencia de escribir o haber alguna vez escrito para el editor. Sí, ocasionalmente, por encargo, de modo anónimo, lo que al llevar la profesionalidad hasta la disolución de la autoría difícilmente puede considerarse escritura en los términos que manejamos…

— Pero el editor sí paga, dice Pangur volviendo a la carga.
— El editor “paga” al impresor, al autor lo recompensa. En ese sentido el autor es, en cada caso, una extraña criatura entre socio y mascota.
— Como yo..
— No exactamente.
— Como si el cazador trabajase para el perro…
— En parte sí, porque quien ve realmente a la presa es el editor. El autor sigue experimentándola como una neblina exterior, algo que tiene lugar y, quizás, existe fuera de su cuarto de trabajo, pero que en modo alguno es previo a su trabajo.
— Explícate, Suñén. ¿Quién es la presa, el autor o el público?
— Ambos.

El público, como otros colectivos singulares (“la sociedad”, “el mercado” o “la competencia”) que rara vez se circunscriben con comodidad a su definición, es utilizado al servicio de diferentes contextos e intereses como las dimensiones supernumerarias por los físicos teóricos. Diríase que toca al público ser coartada de infinitas versiones de lo existente y amoldarse a cada una de ellas sin existir, sin embargo, él mismo sino como reflejo de proyecciones azarosas cuando reales, pero generalmente fingidas a la manera en que los cazadores fingen el grito de la hembra para cazar al pato. Así es reflejo que observa, producto que consume, cazador cazado y contradicción servida. El poeta Claudio Rodríguez confesaba sin más y en cuanto el tema salía a relucir no saber quién era “el público”, y lo hacía con un punto de indignación, como el que pregunta “¿con qué derecho se entrometen?”, y basta echar un vistazo a ciertos foros de Internet en los que la gente opina o agradece o responde o propone para desistir de cualquier intención de comprenderlo o delimitarlo. Hace muy poco que servidor leía lo siguiente en no recuerda cual de esos sitios, escrito por uno a quien otro había prestado la película Hereafter, de Clint Easwood: “Gracias, ¿tienes Piraña?”

Dicho lo cual podríase establecer la diferenciación entre “el público” y “lo público”, en cuyo caso, servidor, escribe definitivamente para lo privado.

— ¿Desde lo público?
— No, desde lo privado.

Pero es posible imaginar las funciones posibles, pues: se puede escribir desde lo privado para lo público, desde lo público para lo público, desde lo privado contra lo público, desde lo público contra lo privado, etc… Hagan ustedes las permutaciones que deseen, pero duden de que a la literatura le quede otro espacio que el que supone escribir desde lo privado para lo privado.

El auténtico escritor, que se pasa la mayor parte del tiempo ocultándose al mundo y el resto del tiempo esperando sus noticias, no debería distraerse en la satisfacción de un concepto tan escurridizo, salvo que, en su propia definición, el público sea la proyección de su autoestima como el automóvil es la de nuestras prisas, y no ese espectador espectáculo tan aficionado a la histeria como a la mistificación, tan estudiado como imprevisible que los mercachifles retratan. Manejando esta idea no sería difícil concluir que eso que se llama “el público” (y dentro de él el público lector, y dentro de éste el lector) es la respuesta a una necesidad literaria, no económica; que es eso o no es nada. Y, siguiendo por esa vía, servidor puede asegurar sin sonrojo que no conoce a su lector, lo inventa.

De la misma manera, servidor no desea cobrar por sus servicios más de lo que una prostituta cobra por los suyos, aún ignorando totalmente las tarifas al uso; pero siempre ha tenido muy clara la naturaleza radicalmente distinta de ambas actividades, y ha buscado editores que también la tuvieran y ha inventado lectores avezados y quisquillosos, tan poco dados a la traición como a la invasión. En cualquier caso servidor se considera un soldado y sabe a ciencia cierta que un soldado que cobre más que una prostituta no es eficaz ni valiente, y mucho menos fiable.

— Todo esto viene a cuento de que está por salir tu libro, ¿verdad?
— Puede ser, sí, puede ser.
— Y no eres Ruiz Zafón, precisamente.
— ¿Y tú no tienes nada qué hacer, alguna cosa de gato?
— He dejado un ratón medio atontado en el borde de la piscina.
— Pues venga, vamos…

Es paciente, se lo aseguro, y no de los que llaman a su editor cada dos días una vez que la publicación se ha decidido, un servidor; pero es cierto que se siente estos días, a las puertas de ver impreso su primer poema berciano, un poco así, como el ratón al borde de la piscina que Pangur acaba de salir a rematar, o a perdonar la vida, o a lo que sea.

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