Enterarse de que la palabra más bonita del español, elegida por iniciativa del Instituto Cervantes, ha sido la palabra –proveniente de la lengua otomí, hablada por los indígenas del Valle de Mezquital y teóricamente cooficial en México– “querétaro”, que hoy da nombre a una población mejicana, me hace pensar en la dificultad de juzgar la belleza en sí misma, o en el literalismo al que una escasa formación estética nos condena. Desde luego, si la votación hubiese sido realmente democrática y abierta a todos los ciudadanos no le cabría a un servidor la más pequeña duda de que ha habido pucherazo (más teniendo en cuenta que el año pasado “un problema informático” impidió que la palabra ganadora fuese “república”); dicho sea sin embargo de que la palabra elegida en caso de que las votaciones no se hubiesen realizado sobre listas cerradas, seguramente horrorizaría a un servidor tanto o más que “querétaro”.

— Además es una palabra robada, dice Pangur.
— Todas lo son, mi querido amigo, todas lo son.

Cuando ya hace algunos años una de esas academias que te enseñan a ser escritor y quererte a ti mismo realizó una encuesta semejante, la palabra ganadora fue la infrasónica y naipesca “amor”, superada hasta la humillación por su significado y hasta el ridículo por su uso. Tanto me da, podía haber sido “libertad” (que suena a rodaja recién lavada, como en la expresión “pásame una libertad de membrillo, por favor, gracias”) o “dinero” (que al oído promete algún ingenio sencillo para moler café, viejo instrumento rural o animal vigilado). Hablo de la enorme dificultad del común de los mortales para admitir la arbitrariedad del signo, de la repugnancia que sentimos (el común) a divorciar fondo y forma, ética y estética.

La palabra “preludio”, por ejemplo, separada de su significado, tiene aspecto de absceso infeccioso y no precisamente noble, mientras que “albarán” evoca algún tipo de toque de campanas que celebrase la ritual apertura de alguna cesta de pájaros que se apresurasen a volar hacia el claro cielo primaveral en busca de su destino, o del nuestro, por mucho que el diccionario diga de ella que es la nota de entrega que firma la persona que recibe una mercancía como reconocimiento de que esta se halla en su poder. La palabra “querétaro”, de aplicación mordiente y exquisita si no del todo imposible (originalmente significa “isla de las salamandras azules”, lo que tampoco es que resulte demasiado agradable, bien pensado) nos trae al paladar, sin embozo y como mucho, la amargura y aspereza de mitologías vicarias y a la imaginación, siendo generosos, la abstrusa irisación de los caparazones funéreos de ciertos escarabajos. “Querétaro” no puede de ninguna de las maneras haber sido escogida democráticamente la palabra más bella del español. ¿Por qué no “Magaz”?

— Pucherazo, exclamo en voz alta.
— Pucherazo, reafirma Pangur embriagado por el convencimiento.

A no ser que el problema esté en otra parte y sea la definición de belleza lo que ha quedado en entredicho. El diccionario dice que es belleza cierta propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual, y que esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas. También señala que podemos aludir a la notable hermosura de una mujer diciendo de ella que es una belleza, que se puede producir belleza artística por imitación de la naturaleza o por intuición del espíritu y que se puede hablar bellamente al decir algo con gracia y primor. También menciona, claro está, la belleza platónica. Creo que no me dejo nada y no encuentro en el artículo, por más que lo releo, alusión alguna a las palabras, esos modestos ladrillos que en su fisicidad prescinden de la tan celebrada cualidad en favor del concepto, la idea, el argumento o el relato al que sirven. Las palabras, como ángeles caídos, no pueden parecer bellas.

Sin embargo sí pueden ser hermosas, ya que la hermosura es, según la misma autoridad, una suerte de belleza de las cosas que pueden ser percibidas por el oído o por la vista, además de, entre otras minucias, una enfermedad del ganado vacuno y caballar causada por la ingestión de ceniza. Llámase hermosura a esta enfermedad porque causa una hinchazón del cuello del animal que le confiere un aspecto falsamente robusto.

— ¿Fernando Alonso es hermoso?, pregunta Pangur.
— No. Impulsivo hasta lo alígero, quizás, raudo hasta el santiamén si quieres, pero no hermoso.
— Ah…

Entonces, después de oída varias veces procurando no pensar en insectos voraces, “querétaro” podría ser una enfermedad del ganado, o el olvidado nombre de algún ángel caído y, siendo condescendientes, aceptable poseedora de una cantidad tangencial aunque suficiente de hermosura como para ser presentada a concurso… La presentó el actor (buen actor) Gael García Bernal y compitió con palabras propuestas por otros grandes conocedores del lenguaje español como el cantante Raphael, así que no vamos ahora nosotros a sobrepasar unas atribuciones que al fin y al cabo nadie nos ha otorgado…

— Pucherazo, me interrumpe Pangur al que, sin duda, le ha gustado la palabrita.
— Pucherazo.

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