He recomenzado mi libro; aunque ya no lo escribo, no en el sentido estricto del verbo y, quizás, tampoco en el literario. No sé exactamente cómo ha sido. Por alguna razón cercana al hecho de que tenía ganas de mostrárselo a mi señora sin provocarle secuelas indeseables, o sea seguramente más romántica que real, decidí imprimirlo y, lógicamente, releerlo en soporte clásico (papel) que es único soporte que soporta lo clásico.

Mal. No pasé de la página seis. Y no es que desmereciese, al contrario, el libro se ceñía a lo deseado y con cierta naturalidad a mis deseos y su rareza no se alejaba de la que la premeditación le había dictado noche tras noche y corrección tras corrección. Tampoco su significado contradecía las expectativas de mi intención y parecía dispuesto a responder con eficacia a las intuiciones que me habían movido a comenzar su redacción hace ya ¿cuatro años? El libro era, a todas luces, un producto correcto, presentable e incluso brillante y, sin embargo, a penas comenzada su lectura me inundaba una sensación de extrañeza que me incomodaba sobremanera, como unos zapatos que me viniesen grandes, o pequeños. Simplemente no reconocía esas líneas como mías, no conseguía tenerles afecto y, en lógica respuesta a mi desinterés, no me dejaban (como he dicho) acompañarlas más allá de la página seis.

Dejé los folios sobre la mesa y me dediqué a otras labores de no menor compromiso; aunque menos vocacionales. Pero cuando retomé la lectura el efecto fue el mismo, así que volví a dejar mi trabajo de años aparcado en el escritorio, un poco más a la derecha, un poco más alejado de mi vista, y me di una vuelta por el jardín mirando pájaros y recogiendo hojas secas a ver si mi humor mejoraba y, con él, mi percepción del libro. Desgraciadamente la vida moderna nos ha acostumbrado a aceptar el destino como algo cuya manipulación nos está vetada por una letra pequeña anterior incluso al pecado original, de modo que sólo conseguí perder el tiempo sin sentirme por ello ni más ni menos culpable, ni mejor ni peor que cuando lo aprovechaba. Volví al poema y lo mismo: página seis, como mucho siete. ¿Estaba tal vez escribiendo para un lector que había desaparecido hasta el punto de que ya ni siquiera yo, el autor, podía representarlo? ¿La regalada vida en Magaz de Abajo me había incapacitado para una fruición intelectual de grado superior (de acuerdo) a la necesaria para plantar espárragos pero inferior claramente a la aconsejada para discutir sobre, por ejemplo, filosofía postmoderna, cosa que en Magaz de Abajo se hace mucho más a menudo que lo primero? Tonterías. Había escrito un texto equivocado, durante cuatro años me había empeñado en una falsa empresa, y debía admitirlo. Tomé el paquete de folios y me dispuse a tirarlo al cesto de los papeles. Y eso hice.

Eso iba a hacer al menos. Pero los escritores somos gente pulcra y hasta maniática y, al echarle un último vistazo, advertí sobre la primera letra del título una manchita que me pareció un mosquito (o un excremento de mosca, a veces -como pasa con los aprendices y comentaristas de algunos autores canónicos- no es fácil distinguir los excrementos de los insectos de sus hijos) y no supe o no quise resistir la tentación de limpiarlo. No se fue al primer manotazo, ni al segundo. Entonces lo rasqué con la uña y, para mi sorpresa, una finísima capa de papel se desprendió como una escama mostrando bajo aquella letra otra, la misma, aunque extrañamente más nítida, más segura, más viva.

¿Había un texto detrás del texto? La única forma de saberlo era seguir rascando y, en efecto, otro texto fue, poco a poco, escama a escama, apareciendo tras el impersonal original que me había propuesto destruir. Lo asombroso es que se trataba del mismo texto, pero mejorado, brillante, más económico y exacto, más poético en su ausencia de verbosidad. Y digo bien al calificar el hecho de asombroso, ya que el texto desvelado a golpe de uña (caricia, en realidad, ya que el trabajo exigía una meticulosidad y paciencia casi de relojero, pues si intentaba usar más de una uña -o por ejemplo ayudarme con una moneda o con papel de lija- la página entera se emborronaba obligándome a imprimirla de nuevo) no difería en nada del original que, poco a poco, penosa y ya a esas alturas obsesivamente, iba siendo reducido a un cada vez más grande montoncito de escamas.

Pensarán ustedes que al decir que aquel nuevo texto bajo la fina membrana del primero no difería nada de éste quiero decir que era “en esencia” el mismo texto, se equivocan: era exactamente, palabra por palabra, frase por frase, el “mismo” texto. Ni una coma, ni un punto, ni siquiera una repetición resultaba suprimida o añadida, ninguna palabra quizás en exceso culta era sustituida por su hermana vulgar o viceversa. Tras el raspado, cuya frontera resultaba claramente perceptible, pues la operación no sólo redundaba en una mayor calidad de la obra y su progresión narrativa, sino en una mejor y más fina calidad del papel y de su impresión, el texto mejoraba sin modificarse, sencillamente se volvía más arriesgado e interesante hasta el punto de que empecé a sospechar que había escrito un clásico o, mejor dicho, que si seguía insistiendo acabaría por ganarle un clásico a aquel texto que, bajo la línea de lo raspado, continuaba siendo una especie de anónimo, arrogante y lamentablemente fracasado intento de perfección contemporánea.

Son las cinco de la mañana y calculo que tengo trabajo hasta las nueve o las diez, no quiero precipitarme; aunque ya he escrito a mi editor diciéndole que en breve le enviaré uno de mis mejores originales, si no el mejor. Tengo el índice en carne viva.

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