Se llama Rosa María Molló y es corresponsal de TV1 en Egipto. Sus crónicas, a pie de calle, son precisas, directas e impulsivamente analíticas; su voz transmite profesionalidad, pero también nerviosismo, y sus ojos, próximos, muy próximos, acusan una lejanía que es mezcla de impotencia, preocupación y miedo. Sus ojos dicen lo que la profesión no permite decir (que el tiempo se acaba).

Podría pensarse que está dispuesta a volverse a España mañana mismo si así se lo ofreciesen. Pero la línea de sus labios, la tensión de sus cejas, delatan una determinación de la que quizás no es consciente, no del todo: la de quien, en el momento de la verdad antepondrá a sus intereses personales, e incluso a cualquier interpretación compasiva de su papel puramente informativo, el mandato universal de justicia que ante sus ojos, día tras día, un pueblo entero desea ver obedecido.

Le incomoda a un servidor cómo el presentador se despide de ella, desde los “servicios centrales”, ajeno a todo lo que no sea el seco contenido de unas palabras, sin embargo, conscientemente elegidas para manifestar su insuficiencia, ignorando que apuntan a un lenguaje corporal cuyo mensaje es “haced algo, que alguien haga algo más que esperar o contemporizar, haced algo o la catástrofe será inevitable y sus consecuencias imprevisibles”.

Pero así es: su crónica termina y, en los acogedores estudios centrales, lejos de la línea de batalla, los analistas se reparten sus palabras (que Mubarak no ha convencido a nadie) para convertirlas en lucimiento propio, discusión, frío análisis o dogmática sentencia. Prima un sentido común que, al huir del grito, termina por parecerse demasiado a la sordera.

También son impotentes, los analistas, como Rosa, pero la comodidad del plató y la seguridad de lo conocido les hacen creer sin dificultad que aportan su granito de arena y que, de alguna forma, son importantes. Seguramente así es. Pero servidor no puede dejar de sentirse muy incómodo al advertir que eso les garantiza un sueño tranquilo. Algo que Rosa lleva semanas sin disfrutar, algo que tardará, sin duda, mucho tiempo en recuperar.

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