He estado viendo una de esas series televisivas de tanto éxito que pronto llegarán a nuestro país: Dexter (de la estadounidense Showtime, basada algunas novelas de Jeff Lindsay cuya calidad no juzgaré aquí). Luego he dado un paseo. La serie va de un asesino psicópata que, además, es policía. Dexter sólo mata a los malos, sólo es perverso con los perversos y hace un serio esfuerzo por encontrar una ética que justifique su tara y por tener una vida sexual sana y una vida familiar políticamente correcta. Y es ese camino hacia la conciencia moral el que le da al planteamiento cierto aire de relato de paso que contribuye a enmascarar su fondo fascista: la justicia confundida con su aplicación.

La diferencia entre un juicio establecido sobre la imparcialidad de la ley y el juicio de Dexter, es que Dexter se permite ser tan imparcial como quiera. En ese sentido, el tarado juez-verdugo se nos vende como un superhombre encerrado en el cuerpo de un hombre corriente, cordial y con cierto aire tímido. Y la productora, se mire como se mire, se ahorra un actor. Durante mi paseo llego a dos conclusiones: que a los policías de Miami les sobra muchísimo tiempo, y que los televidentes españoles nos hemos vuelto totalmente insensibles.

La diferencia entre un creador, un consumidor y un crítico es que la intención de esclarecer la de los otros dos compete por obligación al último, y sólo al último. Los otros dos, a priori inclinados a entenderse, no deberían ser para él sino la doble manifestación de una misma propuesta representativa de la que ni por supuesto son inocentes, ni por igual culpables.

Lo que más deseaba de pequeño era instalarme a vivir en el altillo del baño. Que el altillo estuviese en el baño era irrelevante; cómodo, pero irrelevante. Podía haber estado en cualquier habitación de la casa: lo importante es que era pequeño, oscuro y elevado, y que su ubicación me garantizaba un punto de vista literario. ¿No tienen ustedes cuando leen alguna gran obra la sensación de estar por encima del hombro del protagonista, concretamente por encima y un poco a la izquierda? Pues ahí quería vivir yo para leer desde el sitio más parecido al que el libro me reservaba.

Un espacio para la observación que uno (espectador, oyente, lector) comparte con el relato, más o menos claro, más o menos audible, más o menos delegado tras la voz narrativa, de un autor al que, a su vez, se representa uno por encima de su hombro, en el altillo del altillo, hasta que empieza a tomar sus notas.

Dexter, el simpático asesino, es también el narrador de su propia historia, y habla al oído del espectador como si se hablase a sí mismo, invitando a una identificación enfermiza que se refuerza con un entorno de parientes, amistades, idilios y compañeros de trabajo al servicio de diferentes subtramas cuyo sentido último parece ser el de alimentar el moderno miedo a que la oscuridad conviva con nosotros y ¡nos proteja! Además hay un pasado que desvelar ya que hacia adelante, la peripecia del protagonista no puede avanzar más allá de un primer episodio sin volverse repetitiva hasta la saciedad. De hecho este espectador no puede dejar de imaginar cuanto hubiese ganado la serie si, una vez establecido el entorno de su principal personaje, se hubiese prescindido de él.

Si en mi caso la ubicación en el baño del altillo era irrelevante, en el caso de Dexter no lo es. La imposibilidad de asumir el punto de vista que el autor nos propone (lo que nos mata es lo que nos salva) se deriva de esa pequeña diferencia. No se puede imaginar una cloaca en el altillo sin admitir lo que semejante alquiler (semejante contrato de ficción) impone. Que roce la defensa de tesis más que discutibles no dejaría de ser interesante si, en última instancia, estas no fuesen tan irreflexivas como esperpénticas, ingenuamente epatantes, incapaces de trascender el planteamiento inicial de la historia que las sugiere.

Claro que en el altillo nada es ni literal ni ajeno. Pero si sale uno a dar una vuelta, Dexter se convierte enseguida en un ejemplo de que la máquina de originalidad se agota. Y de que, ahora que el cine grande parece definitivamente vaciado por los forenses de la industria espectacular, apuestas como las de HBO por producciones de calidad, con personajes que evolucionan en un relato cerrado, son la última esperanza que nos queda. Por eso hay que salir, hay que dar un paseo libreta en mano y ejercer la crítica, aun a riesgo quedar expuesto. Sólo entonces se puede ver que el engendro (y sus implicaciones), lo que ofrece y lo que refleja la historia de este escurridizo asesino en serie, es un insulto a nuestra inteligencia y disfrutar (como un refinado asesino de series) de la facilidad con que se desmonta lo gratuito, lo prepotente, lo falso, en cuanto se respira un poco de aire fresco.

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