En estos días en El Bierzo ocurren muchas cosas a la vez por culpa de la Virgen de la Encina y del centenario de Ponferrada Ciudad, que lo es, y no Madrid, que es villa para honra de paisanos y medrar de villanos. Digo: no es que no haya villanos en Ponferrada, que los habrá, pero seguro que son de Madrid casi todos; el resto son ciudadanos hechos y derechos a los que estos días el alcalde machaca hablando sin parar, y chupando más cámara que mi tío Víctor -que era a las cámaras fotográficas familiares lo que la Bachiana Brasileira nº 5 de Villa-Lobos a Radio Clásica.

El caso es que aquí estamos estos días, comprobando que los higos no madurarán a tiempo, que las avellanas caerán tarde (aunque hermosas) y que la uva se retrasará aún más. Pero también paseando por la feria de cerámica y (gracias a ella) escuchando al grupo Sin red interpretar su música improvisada, lo que ha hecho feliz a un servidor, amigo de hace ya… de algunos de sus componentes.

Pasamos en la Capital la semana pasada. Intenté e intenté trabajar un poco, pero la gente parece seguir de veraneo. Acerté a ver, por casualidad, a mi amigo Ernesto (el desilusionista). Como habíamos extraviado un pianista (cosa que nos ocurre de vez en vez) y a él no se le da mal el blues le pedimos el teléfono.

– No me lo sé, y me he quedado sin saldo. ¿No me podrás dejar 20 euros? Tengo prisa.

Me pregunto qué clase de crisis es esta, que no afecta a nadie que no estuviera ya en la cuerda floja. Llego a la conclusión de que una crisis es eso que provocan los ricos para que los pobres vuelvan a deberles dinero. Todos somos el buen amigo cuidando de algún desilusionista rumbo a su viaje interior. Pero otros poseen las mansardas, los móviles y las bodegas en las que se pierden los pianistas, las baquetas de los percusionistas y la virtud de la honestidad, y esos no aflojan. Una crisis es un buen momento para prestar a los pobres y barrerlos luego bajo la alfombra junto con cualquier intención que pudiesen tener de usar el tiempo en otra cosa que no sea pagarlo caro. En una crisis el pobre debe saber improvisar, ser rápido.

– Somos gente lenta, los pianistas, recuerdo que dijo el desilusionista antes de desaparecer bajo la noche deslumbrante.

Pero tenía razón sólo a medias; porque finalmente apareció el nuestro, renuestro y seguimos adelante con el ensayo de ese concierto del día trece que queremos convertir en un pequeño, improvisado, discreto y sentido homenaje a Leopoldo. Llegó y fue ágil, brillante, improvisador… Ya lo sé: pierdo el hilo, nado con poco estilo. Pero vamos a hacer como si yo estuviese bañándome desnudo y ustedes espiando al otro lado de la tapia. No quieran ser mirones y además exigir “sensatez”.

El grupo “Sin red” está compuesto por Ildefonso Rodríguez, a la sazón poeta (a más de saxofonista, clarinetista, guitarrista y alguna otra cosa que no terminé de identificar), un hombre sabio, secretamente inseguro (literatura es duda), duro de puertas afuera y más listo que el hambre, de esos que parecen dirigir desde lejos, mandar desde lo ausente de su presencia imposible de ignorar, Isabel (su esposa) que es vocalista antes que cantante como otros somos escritores antes que poetas, Chefa (que pone su caldo de percusión en un guiso donde el resto va añadiendo sus nutritivos tropezones) y Víctor M. que a fuerza de no cejar consigue que el conjunto parezca discursivo, lo que no es, lo que no debe ser (aunque, quizás, sí parecer). Ellos hacen música improvisada, que no es lo mismo que improvisar música. Ellos piensan mientras ejecutan, que no es interpretar, sino hacer la música. Y su pensamiento es inequívoco y directo, casi alegre, profundo a ratos… No importa, porque lo que importa es que le dan una forma tan adecuada que no se puede repetir. Son lo que hacen mientras lo hacen. Luego son maravillosos seres humanos, lo que tranquiliza a los legos, que dicen de ellos cosas de mucho mérito como “y además son normales”.

Pero estoy escribiendo dos textos en uno; puede que tres, porque aún no he hablado de Buda explotó por vergüenza, la mejor película que he visto este verano y de la que Raquel no me perdonaría no hablar aquí. Su directora es una joven iraní de dieciocho años (Hana Makhmalbaf). Su asunto breve (un cuento largo, una novela corta, una historia para la lumbre) que consigue captar nuestra atención porque una niña de ¿seis años, siete ahora? (Nikbakht Noruz) la vuelve tan convincente como lo es ella misma (yo no tendría inconveniente alguno en adoptarla, me creerán cuando vean la peli). Se ha dicho que es una cinta ingenua. No lo crean: es una cinta segura, fuerte y sin concesiones. Es un ataque directo, casi improvisado, sin retórica. Por eso sólo hay niños, por eso es una historia entre niños.

No mezclo por azar, ni por vagancia, unas cosas y otras. Fonso y Makhmalbaf, la feria de cerámica o el desfile de pendones que también tiene su pertinencia caótica (léase correctamente, por favor), o el concierto del trece, podrían ser lo único que escapa a la enorme escoba.

– ¿Y Neptuno?, se preguntara alguno.

Sobrevive. Ese ratón duerme bajo nuestro sofá favorito de la bodeguita, o en los bajos de la caldera, se alimenta de migas imperceptibles, de lo que escapa a la escoba por puro milagro. Seguramente lee a Erik Satie y guarda un piano en su madriguera, y me acompaña secretamente cuando juego a improvisar (yo solo, a altas horas) ritmos inverosímiles y necesariamente anticuados mientras recito Rumbo a peor de Samuel Beckett. Seguramente no toca del todo bien, yo tampoco. Nos incomoda por eso, porque escapa a nuestro control aunque se nos parece tanto. ¿Saben cual es su secreto? Ser impredecible y cauto, calculador y rápido, vivir sin red.

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