Junto al gato Pangur y en busca de una lluvia que no acaba de llegar, y que necesitamos antes de que la luna comience a crecer de nuevo, servidor se ha asomado a la ventana del piso de arriba y mira a Raquel lavando el coche y a Yogur, el gato del gato, disfrazarse de conejo entre las incipientes azucenas; Pangur no repara en la escena: vigila el crecimiento del lejano acebuche sin distraerse ni mover un músculo. Percibir las cosas como las percibe Pangur no es imposible, pero hay que disponer de tiempo y carecer de vértigo, y a servidor le queda mucho que podar para empezar a hacerlo hoy.

El profesor Smirnoff, cuyo sospechoso apellido no debería influir en nuestro juicio sobre la pertinencia de sus actividades, y su equipo de expertos, han captado cómo una planta Arabidopsis reaccionaba después de que se hiriera a las de su alrededor emitiendo un gas que, con una cámara sensible a fotones, visualizaron y retrataron para demostrar que las plantas “se avisan unas a otras de una amenaza real” (Smirnoff). Eso hicieron, y servidor se pregunta: ¿para qué se iban a avisar las plantas del peligro? Son plantas, ¿qué van a hacer si hay peligro?, ¿salir corriendo? ¿Debe servidor podar con mascarilla, con red?

Si las plantas poseen un sistema de comunicación capaz de advertir de un peligro insalvable a sus congéneres, pero no de uno de defensa que desanime al adversario, las plantas son tan humanas como nosotros, no hay duda. Todos los viviente del universo son aproximadamente igual de tontos.

Podría ser también que ese gas que Smirnoff ha fotografiado sea un gas venenoso para algún agente mortífero que quizás ya no existe y que a servidor no pueda afectarle. Quizás existió durante miles de años en forma de insecto voracísimo y luego se extinguió o evolucionó y se hizo carnívoro dejando a la planta armada sin sentido, absurdamente armada. Esas cosa pasan: la amenaza desaparece, pero el reflejo persiste educado por la lenta y conservadora costumbre en un retraso intelectual que la pone en evidencia. Si fuera así, las plantas son tan humanas como nosotros que, aún sabiendo desde hace años lo que sabemos seguimos persignándonos.

La presencia de un gato disfrazado de conejo, que atemoriza un poco a los pájaros, que lanzan pequeños grititos de advertencia, no parece molestar en absoluto a las azucenas, por lo que servidor comienza a sospechar que Smirnoff trabaja para Gas Natural Fenosa y Arabidopsis (que, por si no lo sabían, es lo que por aquí llamamos una “mala hierba”, siendo las buenas las que no gasean a los extraños) no tiene miedo, ni es solidaria, ni su comportamiento en fin guarda relación alguna con los sentimientos humanos y que, de momento, aún puede salir a podar sin escandalizar a los esotéricos. Ya veremos qué pasa el año que viene, una vez que nos hayamos vuelto hormigas telépatas y nos gobiernen ellos.

Si servidor fuese más joven se compraría un arma y se haría surrealista. Pero es mayor, y a lo mejor con una botella de Smirnoff puede aguantar perfectamente otro ciclo de esos de cuenta larga. El primer día, se entiende, que será el más difícil. Luego ya se le ocurrirá algo. Esto es España, después de todo. Aquí siempre es Carnaval.

Pangur no se ha movido. Parece Banderas en La piel que habito.

— O Coronado en No habrá paz para los malvados.
— Una cosa es no parecer español y otra no actuar. Coronado no parece español, y está soberbio, tú no actúas, y resultas irritante. ¿Me acompañas a podar?
— Vale. ¿Y luego nos subimos un rato encima del coche?
— Hoy no, Pangur.

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