He leído hace unos días que doña Amparo Rubiales, la nueva consejera de Estado, se vio obligada a firmar un documento de apostasía para contraer matrimonio por lo civil (y sólo por lo civil) con un novio trotskista del que luego se divorció. Yo también tuve que hacerlo para contraer mi primer matrimonio hace ya una montaña de años. Se puede ser apóstata y poeta, como se puede ser apóstata y andaluza, o filatélico existencialista. Fácil no es,  pero tiene su romanticismo…

— “Suñén el Apóstata”, exclama Pangur con voz atiplada y fingido arrobamiento místico.
— Pues no suena tan mal.

Ser apóstata en una sociedad en la que Dios anda de boca en boca, y aún corre de mano en mano, es como no comprar lotería: un gesto a penas, pero un gesto de elegancia moral. Ayer, sin ir más lejos, oí a un jugador de fútbol afirmar, textualmente, que seguro que Dios les tenía reservada alguna sorpresita para que no bajasen a segunda. Pues si yo fuera Dios les hacía bajar de cabeza, y además a tercera regional directamente. ¿De verdad se cree ese iletrado que Dios está pendiente de las vicisitudes balonpédicas de su club?

— ¿Y por qué no? A lo mejor por eso se le ha pasado por alto lo de la franja de Gaza, y lo de Birmania, y lo del terremoto de China, y…
— Pangur, cállate por favor, que tu no distinguirías una estampa de la Virgen de Aránzazu de una parada de Casillas.

Pangur no ha respondido nada. Se ha limitado a mirarme como a una teleplastia doméstica cualquiera, se ha dado media vuelta y se ha metido en la cocina mascullando con retintín: “Suñén el Apóstata, Suñén el Apóstata”. Ya volverá. Siempre vuelve. Como los astronautas del espacio, como Raúl a la Almudena.

Otro que tal baila: don Manuel Zambrano, a la sazón técnico entrenador del Recreativo de Huelva, ha declarado hace nada que el último partido lo jugaron trece jugadores: “los once de siempre, la Virgen del Rocío y el fallecido Eusebio Ríos“. Nuevo Ajax (el infeliz héroe griego, no el heroico equipo germano) también éste cree tener de su parte no sólo al Olimpo, también al Hades. En realidad, y dada mi condición de apóstata, no debería de ser asunto de mi incumbencia; pero si yo fuera Dios le anulaba el partido por tramposo y por poner a la Madre de un servidor a jugar en pantalón corto. Y al árbitro implicado lo mandaba de demonio a los pies de la Virgen del Garrote, a ver si así aprendía a contar.

— Te vas a quedar ahí un mes entero como hay Yo, le diría.

Los ateos, apóstatas o naturales, hemos tenido que hacerlo todo por nosotros mismos, aprender (y además por decisión personal) la dureza de vivir asumiendo responsabilidades, sin ayuditas ni zancadillas sobrenaturales. Así que no nos parece justo que los futbolistas apelen a la parcialidad divina, o que los entrenadores saquen vírgenes en las alineaciones de sus encuentros más comprometidos. Una ley que obligase a firmar la apostasía a todos los futbolistas, entrenadores, árbitros, utilleros y directivos garantizaría una liga exenta de favores y fervores tan flagrantemente antideportivos.

— Y a las taquilleras y azafatas, y al cuerpo médico, y a los periodistas… y a los socios, y a los curas de campo… enumera el gato Pangur que, como ven, ha vuelto. – Sería la solución a muchos males. Pero a muchos, muchos.
— Y a los políticos…

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