Alguien debería tomarse la molestia de discutirle a los periodistas, o quizás a los científicos (servidor ignora si los unos no se limitan aquí a citar a los otros) la alegría con la que usan conceptos como cerca y lejos. No es que no les sobre razón cuando dicen que la última “Súper-Tierra” (sita en torno a la estrella HD 40307, que es una enana roja) hallada por los sofisticados catalejos que a la sazón orbitan tan lejos de nuestras desgracias como le es posible a una cafetera grande está más cerca que la anterior (llamada Kepler 22d y sita donde el diablo perdió el poncho) sino que les falta del todo al alegrarse por ello: como si que cualquier cosa esté sólo a cuarenta y dos años luz de un paso fuese motivo de celebración.

— Ahora que vivo a sólo 42 años luz no tienes motivo para no venir a verme, ladrón.

Pero las matemáticas son parte valorativa de nuestra percepción de las cosas desde antes incluso de que se inventasen, y no podemos evitar pensar, por ejemplo, que 42 años luz es una distancia objetivamente mejor y más amable que 600 como no podemos evitar preferir que la crisis acabe a finales del año que viene y no a finales de 2018 o nunca. El hecho de que semejante límite implique que las cifras generales recuperarán niveles más admisibles para la estadística a costa de dejar morir a nuestros semejantes es una cuestión secundaria. Salvar a los bancos con el dinero de la solidaridad es matemáticamente elegante. Y punto.

Las cifras no mienten, y para mantenerlas a flote nuestros amos se agarran a nosotros con la misma desesperación de esos histéricos bañistas que se empecinan en arrastrar al fondo a sus salvadores. Resulta paradójico que el mismo sistema que elevó a los políticos sobre el común de los mortales para representar a los no poderosos esté ahora convenciéndonos de que sin los amos nunca habríamos llegado a ser tan menos pobres.

Desengáñense, mis tres o cuatro lectores: que la crisis termine antes sólo significará que ellos habrán salido a flote. En cuanto a nosotros: el mar se ocupa, como sabemos, de sus propios cadáveres. Acabaremos convertidos en caviar y eso debería llenarnos de orgullo y mejorar nuestro sabor, darle ese toque a sudor de negrito que hace la diferencia.

Pero volviendo a la Súper-Tierra servidor se pregunta si habrá allí un súper Al Caiola tocando Moon River, y un súper Iker Jiménez buscando piedras en forma de pirámide, que allí tendrán el tamaño de una pirámide de las de aquí, naturalmente… Habrá superpaíses con problemas superautonómicos y supersupermercados y superdioses, ya que nadie habrá sido capaz de desmentir que lo que no existe existe, pero no tendrán superunicornios porque tampoco habrán podido demostrarlo. No puede evitar, servidor, preguntarse por qué nos interesa tanto la Súper-Tierra y tan poco la propia, quizás porque parece cosa de ciencia-ficción, que es, gracias a Werty, la única ciencia de la que vamos a poder disfrutar de aquí al final del túnel.

REFERENCIAS: , ,
COMPARTIR: