Si servidor golpea el cigarrillo contra la mesa, con el filtro hacia abajo, dejándolo caer por su propio peso, saltan del borde del papel unas virutas de tabaco y caen porque son ligeras; pero si lo impulsa un poco, golpeándolo contra la mesa, entonces el tabaco se precipita hacia el fondo y el cigarrillo se ordena. Es la inercia.

— Percolación.
— Inercia.

Pangur viene a traerle a servidor una carta (lo que es muy raro) del banco (lo que acota los márgenes de la suspicacia de un servidor).

Servidor está casi seguro de que, tras agradecerle el gesto, abrir la carta y leerla en silencio ante el desinterés de Pangur, Pangur dirá algo así:

— ¿Las finezas, bien?

Servidor, entonces le dirá a su gato que se dice “finanzas” y que sospecha que su interés por las “finezas” domésticas oculta alguna intención privada.

Pangur, entonces, contraatacará señalando que la sospecha en la que servidor comienza a construir su acusación es previa a los hechos…

— Sí, llevo años sospechando.
— Por inercia.
— Por su propio peso.

Durante la breve conversación ha caído un chaparrón que, ocasionalmente, ha sonado a granizo; y no (aquí, en Magaz de Abajo, hay que atender porque a menudo son las tormentas cortas e inesperadas las que ocasionan mayores daños). Restituida la normalidad atmosférica, Pangur dijo:

— ¡Unas gateras!
— …
— Si hicieses unas gateras, en un par de puertas, mi criado Yogur y yo podríamos salir y entrar a voluntad sin importunaros.

Servidor cree que las gateras son para gatos ricos, por más que se empeñe en llamar criado su gato Yogur, y desde luego para otros climas. Una casa con gateras es como un globo con agujeros.

— ¿Qué clase de globo?
— Uno normal, de cumpleaños o de lo que sea.
— ¿De qué color?
— No sé, ¿amarillo?, o verde. Un globo verde.

La idea de un globo verde deprime tanto a un servidor como la idea de un viejo verde. Mañana se pondrá a hacer una gatera, como muy tarde pasado, no más allá del mes que viene. Para ser sinceros, a servidor no le importa abrirle la puerta al gato todas las veces que quiera. La carta del banco le preocupa más, aunque si le diese un par de golpes al cubo de la basura acabaría desapareciendo bajo las cáscaras de naranja y los paquetes de tabaco, por vergüenza.

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