Por la tarde ha comenzado a llover, suavemente. El camino hasta Cacabelos era una larga hilera de camiones y tractores remolcando volquetes cargados de uvas. Íbamos por tabaco y sólo nos hemos parado un rato a comentar con unos amigos cómo les gusta por aquí vendimiar con lluvia. Hemos vuelto enseguida.

El otoño ya se está instalando en Magaz de Abajo, sin prisa, pero con firmeza, y a estas horas ya hay que echarse algo por los hombros. Entre el magnolio y el guindo ha sonado el móvil y entre el recibidor y el salón ha sonado el fijo y, de repente, servidor ha tomado conciencia de que no va ser posible alargar más un verano que parecía querer durar para siempre y que, después de todo, no ha estado nada mal. Lo dice porque ya es casi una tradición, de un tiempo a esta parte, que el verano sea la estación del año que más problemas le ocasiona a un servidor: o le abandona alguien o se lo pasa en la consulta de un dentista, o se le cae el pelo, o le retiran el crédito, o le citan a declarar, o le persiguen los paranoicos, o…

– ¡Suñén!
– ¿Qué? Sólo digo la verdad. No soy ningún llorica.
– Un llorica estival, sí y sí. ¿Quién llamaba?
– Un imbécil para ocuparse de unas trescientas sillas y mi amigo el desilusionista para ahorrarse pasta. Llama al fijo y así se ahorra pasta.
– Pero querrá algo…
– Ahorrar.
– ¿Y lo de las sillas?

Raquel ha debido de advertir la expresión de desánimo de un servidor, porque enseguida ha añadido.

– Es igual. ¿Cenamos algo?

Corremos hacia la nevera, semivacía (mañana regresamos a Madrid), y encontramos lo suficiente como para organizar un festín a base de perritos calientes, tortilla de ayer, filetes de pavo, queso en lonchas, tomates con sal y habitas recalentadas. Y hasta un par de botellas de blanco de Valdehorras quedaban aún, un regalo, precisamente, de los amigos de Cacabelos, que son unos santos. Suficiente para una sesión doble: vemos Sonny, dirigida por el impresentable Nicolas Cage, el sobrino de Coppola, que tiene un pasar duro y un final blando, lo que la hará fácil de olvidar, y Tempus fugit, de Enric Folch, que cuenta la historia de uno que viaja desde el futuro a la Barcelona actual para salvar el mundo y fracasa, y que se disfruta sin mayor esfuerzo, lo que casi es mejor.

Raquel se retira y servidor se queda en la bodeguita tocando la batería como un poseso. Luego, suave como una malva, retoma el gran enigma del universo, pues ha decidido dedicar un par de horas al día a refutar a Einstein. ¿No se lo había dicho?

– ¡Suñén!
– ¿Pero no estabas dormida?
– Sí, pero piensa más bajo, cielo, porfa…

El verano se acaba y mañana tendrá servidor que hablar con un montón de gente, y tomar decisiones, y echar cuentas y más cuentas, y atender visitas, y vendimiar con lluvia y, antes de Navidad, cumplir cincuenta años, cincuenta años, que se dice pronto; pero sobre todo, lo primero, será averiguar qué se propone hacer algún imbécil con tantas sillas, tantas sillas, tantas.

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