El viernes empezaron las vacaciones, pero al final salimos el sábado por la mañana, Raquel y yo -porque el viernes se nos hizo tarde contándonos nuestras penas- procurando no atropellar a los averiados por la fiesta del viernes (la del “Orgullo”), que no eran muchas pero sí unas cuantas almas zigzagueantes, aturdidas y humilladas a las que nadie celebraba ya. Las celebraciones multitudinarias dejan siempre su rastro. Y el peor es el constituido por estos hombres y mujeres que ya estaban solos cuando llegaron. La fiesta no pudo sino procurarles temporal, eventualmente, una multitud en la que ocultar su optofobia.

Servidores no tienen penas que excedan las habituales de este tiempo y lugar, ni más deuda que la que solventa una sonrisa, pero queríamos hablar de ellas, entre nosotros. Si no, se agavillan en los rincones, y acaban criando culebras.

– ¡Qué asco! ¡Culebras!
– Pero, mujer…
– No hables de eso en la mesa.

La mesa a la que se refiere Raquel es la de un restaurante de Matapozuelos, en Valladolid, en el que damos cuenta de un rabo de toro al “caviar de Castilla” (que es como llaman a los piñones) que nos estaba sabiendo a gloria de Ciaco hasta que me puse a contar lo de las culebras.

Lo de las culebras es que han empezado a aparecer por todas partes, casa inclusive, en según qué calles de Benavente donde, por lo visto, no hay quién se cuide de limpiar de matorrales el campo cercano. Y a Raquel le preocupa que lleguen hasta Magaz de Abajo.

– A lo mejor se comen a los topillos.
– Jesús y bebo, me da pie echando un trago de cigales.
– Y quede “brindao pa luego”, respondo como es de ley.

La diferencia entre una culebra y un topillo es que la vida del topillo es un culebrón, mientras que la vida de la culebra es breve y da miedo, como una greguería. Raquel tiene ofidiofobia (los topillos le dan pena, sin embargo). Yo tengo (como ya saben mis fieles lectores) algunos superpoderes, como el de conseguir sin dificultad ninguna que me piquen las abejas y los mosquitos o me muerdan las hormigas y hasta las tortugas si las hubiera, pero nunca las culebras. Los seres humanos tenemos estas rarezas. ¿No circulan por la izquierda los antiguanos?

De nuevo en carretera, me quedo adormilado mientras Raquel conduce como si no conociese el miedo. Intento repasar la semana, puede que el curso: en Madrid he visto a un viejo amigo al que hacía tiempo que no veía. Alguna diferencia, innecesaria ahora, nos separó en su día, pero no pienso acordarme -y creo que él tampoco- de aquel motivo. No somos tan duros, los humanos, después de todo, pienso bajo un calor sofocante incluso con las ventanillas abiertas (que el coche no se avería y es precioso, sí, pero también es viejo y no sabe nada de sofisticaciones post franquistas). O no. O no pienso sino que invento o sueño mientras se han ido diluyendo -¿en el aire (ahora, de pronto, más frío)?- las culebras y los topillos, los tiburones y los cuerpos celestes, las penas y las almas zigzagueantes, confusas… Hasta que, como si el tiempo no hubiese transcurrido, estamos aparcados frente al portón de casa no como tantos días, sino como cada año.

Hay algo en el buzón. Saco las llaves y abro. Meto la mano y me pica una abeja. Y ahora sí, ahora miro a Raquel que sonríe con aire de entrañable triunfo, entre orgullosa y tierna, como Alonso en el podio. Ahora sí. ¡Ahora han empezado las vacaciones!

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