Se entera servidor, tarde y por la prensa, de que hay quien ha votado en asamblea que las ondas wifi son malas para los niños, tras lo cual y en ejercicio de una incontestable voluntad popular se han prohibido en parques y jardines de algún idílico y ejemplar municipio. De poco (de nada) vale contra eso toda la evidencia científica que niega la pertinencia de semejante decisión.

— Prohibido.

A menudo la democracia es incapaz de comprender que hay asuntos que no van con ella. Por ejemplo: cuando un libro y sus lectores chocan y suena a hueco, la culpa no siempre es del libro. Tal afirmación no se puede refutar democráticamente como no puede establecerse por mayoría si una bombilla luce o no luce al otro lado de la puerta cerrada, si un animal sufre o no sufre en el sentido humano o animal del término o si un planeta alberga vida inteligente. El problema no es que versen sobre lo incuestionable (todo es cuestionable), sino, simplemente, que son asuntos que no le pertenecen a la asamblea (de cuya necesidad nadie duda) porque son, estrictamente hablando, ciertos o falsos. Son funcionales, no opinativos.

Hace muchísimos años que se acuñó el concepto de “contaminación blanca”. Dicha contaminación estaba sobradamente advertida por los científicos más “alarmistas” pero era tolerada por una mayoría que la necesitaba, por ejemplo, para acudir a su puesto de trabajo o disfrutar de unas buenas fiestas navideñas en su pequeño pero jaranero pueblo, o comprar ropa a buen precio, o chocolate instantáneo. La contaminación blanca era aquella que nos servía para salir del paso. Aún hoy nos topamos con ella en relación a la producción de ciertas energías “limpias”. Es ese mal que procura un generalizado, pero postizo, bien durante un tiempo prudente y cuya presencia hemos disculpado en multitud de sectores desde la medicina a las comunicaciones. Y, no nos engañemos: le debemos algunos progresos verdaderamente notables además de haberla convertido en un pingüe negocio, y por eso ahora nos resulta tan difícil lidiar con ella. Ya no es un mal menor, sin embargo. Ahora cada gramo cuenta.

También cuenta cada voto y en consecuencia también hay “líneas blancas”: temas sobre los que no vamos a pronunciarnos para no incomodar al porcentaje, pequeño pero decisorio, de votantes acorazados en su concepción tradicionalista o conspiranoica del mundo. Será, por tanto, considerado un mal menor que se recete agua a precio de oro o que en tal o cual ciudad se prohíba el wifi.

Es posible (a servidor no le consta) que en el transcurso de la mencionada asamblea alguien exclamase:

— Esa es tu opinión, compañero, yo tengo la mía.
— Cómo va a ser “mi” opinión: es ciencia.
— Será “tú ciencia”, pero yo tengo la mía.

La gente tiene “su” ciencia, como tiene “su” ética, y explicar que tanto la primera como la segunda sólo existen si son generales (que si son estrictamente personales se pueden llamar creencia o moral, pero no “ciencia” o “ética”) no suele servir en una asamblea.

— Esa es tu opinión.
— No, no es mi opinión, es la del diccionario.
— Todo es relativo, compañero, como dijo Einstein.
— ¿Qué? ¿Donde?, ¿en qué libro, en qué fórmula dijo Einstein eso?

Y es posible que, llegado este momento, un sinfín de manos se agitasen en la asamblea pidiéndole silenciosamente al escéptico que no distrajera con sus petulantes plasteces a la gente seria.

— Hablamos de los niños, compañero. Esto es serio.

No se puede vivir bajo el agua por muy bendita que sea, no se puede enajenar el patrimonio en nombre de la soberanía como no se puede defender la legalidad de un cambio de sexo quirúrgico y condenar al mismo tiempo el estudio de los alimentos transgénicos… No se puede defender a los animales a condición de que sigan siendo un juguete hermoso, no se puede dormitar bajo una sombrilla mientras miles se ahogan a cinco kilómetros de la playa, no se puede ilustrar un poema con un desnudo a plumilla, no se puede morir por otro, no se puede pagar por trabajar o rezar por el mal ajeno, no se puede defender el derecho a decidir y no las consultas al respecto, no se puede criticar la justicia reglada y ejercer la comunal e instintiva. No. Pero por algún singular motivo se puede prohibir el wifi en la zona infantil sin documentación fiable que lo justifique, porque una asamblea soberana lo ha decidido así sin reparar en que de ese modo se confirma el temor, penoso, de que nos encanta ejercer el poder que nos dejan ejercer.

Pangur, el gato, detiene por un momento la esgrima imaginaria que mantenía con su ratón de goma, mira a servidor y le dice:

— No entiendes la política, y divagas.

Siempre tiene razón. Pero servidor no pretende “entender” la política, sino sacar de la política lo funcional, ya que lo funcional no es asunto de la política. Tenía servidor una novia en la universidad a la que le gustaba decir que las lentejas no se votan. La libertad tampoco. De eso se trata, y por eso divaga servidor, por eso y porque es libre de no querer curarse ninguna de sus tristezas, pero esa es otra historia.

Sintetizar es morir un poco, pero si le obligan a ello, servidor resumirá que los políticos hablan mucho de sus particulares líneas rojas y del sentido que las dirige, pero poco (o nada) de la intención que las sustancia. Disculpen a un servidor si afirma aparentemente a destiempo que el hecho de que el toro sufra, con sentido o sin él, le importa menos que el hecho de que nuestra intención sea disfrutar -del arte o de la tradición o de lo que sea- haciéndolo sufrir. Lo menciona para ilustrar su sospecha de que es una cuestión de lógica y no de ideología y deducir que en realidad los políticos no están en absoluto interesados en explicar por qué colorean ciertas rayas para tolerar lo que deberían denunciar o imponer lo que debería imponerse por sí mismo. ¿Por qué un pueblo no puede resolver sus lealtades en un acto deliberada e incuestionablemente funcional, un mayor de cincuenta años asegurar con su trabajo alguna necesidad singularmente funcional, una mujer ser libre por motivos estrictamente funcionales, un joven formarse en su comunidad en aras de la funcionalidad del sistema que lo ha parido, un recién nacido recibir aclarado su futuro o un animal, cualquiera, preservar su íntima funcionalidad por encima de la teatralidad de nuestras mitologías y a pesar del partido al que hayamos votado? Se nos escapan muchísimas cosas entre arrogantes y argumentativas explicaciones, demasiadas; por ejemplo, que estamos gestionando con palabrería lo que se nos entregó por nuestra determinación. Eso sí, a las ondas wifi las tenemos bien controladas, que no somos tontos, que estamos alerta. ¡Faltaría más!

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